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domingo, 5 de febrero de 2017

El experimento «Universo 25» y el exceso de población mundial

Cuando se habla de limitar la población mundial viene a la mente de la sociedad en muchas ocasiones las filosofías que abogan por la extinción del ser humano. Si bien es cierto que dichos movimientos son minoritarios, no dejan de ser unas ideas lógicas llevadas al extremo. Lo cierto es que, como se ha demostrado en animales y ahora estamos dando señales de ello los humanos, llegados a un punto excesivamente alto de número de individuos como especie, esta comienza a decaer. 

En este artículo, vamos a establecer paralelismos entre el experimento «Universo 25», llevado a cabo en ratones, y la situación social actual. 


Como partidario del control de natalidad como pilar fundamental del bienestar social, sigo muchísimas fuentes y organizaciones que coinciden en lo mismo: si no se limita de una vez por todas el crecimiento del ser humano como especie en el planeta tierra, nos veremos abocados al caos. Y no es que sea un caos por falta de recursos o por falta de espacio, se trata de un caos por una desestabilidad de nuestros instintos, pues nunca olvidemos que somos animales y, como tales, conservamos instintos de los más primarios. Respecto a este tema, hay multitud de pruebas que lo demuestran y que ya empezamos a notar en la actualidad, con 7.000.000.000 habitantes en el planeta tierra. Una cifra que, para nuestra desgracia, no hace más que crecer. 


El gráfico superior muestra el escalofriante dato: En solo 100 años nos hemos multiplicado por 4, sin duda respaldados por unas mejores condiciones sanitarias, sociales, tecnológicas… Pero, ¿es en realidad el desarrollo un arma de doble filo? 

El Universo 25 

El debate de la superpoblación comenzó a ser candente en los años 60, años en lo que lo políticamente correcto importaba más bien poco y donde estos temas se abordaban sin tapujos. Se sostenía, gracias a la teoría mathusiana, que el ser humano podría influir negativamente en el desarrollo social debido a su número y a su creciente consumo de recursos, pudiendo incluso acabar como especie. Para intentar corroborar hasta que punto la teoría podía ser real, en el año 1968 el etólogo John B. Calhoun ideó un experimento con ratones, considerados mamíferos bastante avanzados para ser un animal irracional, descubriendo hechos y datos sorprendentes. Bautizó dicho experimento como Universo 25, y como el lo llamaba, era el paraíso de los ratones. Razón no le faltaba: eran provistos permanentemente de todas sus necesidades y comodidades para que fueran animales totalmente integrados con el entorno. El objetivo, sin lugar a dudas, era que no tuviesen más preocupaciones que las de interactuar con sus semejantes. Cronología del experimento Día 1. Los científicos soltaron ocho ratones sanos formados por cuatro machos y cuatro hembras dentro del recinto adaptado para ellos. Día 104. Tras un periodo de adaptación al entorno, comienzan a reproducirse normal y pacíficamente. Día 315. Ya hay más de 600 ratones en el entorno ideal. Tal cantidad de habitantes respondía a la ausencia de predadores y dificultades de supervivencia. La facilidad de recursos y comodidades sin duda acentuó la procreación.

Posteriormente, pasados algunos meses más, la procreación comenzó a ralentizarse a pasos bastante notorios. Primero, se notó por la razón de la falta de espacio, lo que ocasionó que más de 300 machos comenzasen a pugnar por espacios para reproducirse. El ambiente entre los ratones comenzó a ser tan estresante que tomaban la decisión de abandonarlos. 

Como ya no tenían lugar donde procrear, los machos perdían atractivo, por lo que las hembras no sentían interés por ellos. Comenzaba el declive social. La agresividad aumentó, tanto por la falta de motivación sexual como por la frustración de no conseguir dominar terreno en una amalgama tan caótica, y se hizo generalizada. Por un lado, los machos débiles, los llamados BETA, hicieron suyo el centro del hábitat apartados de los recursos, lo que los sumió en la apatía. Pero, como dato interesante, de vez en cuando se unían y atacaban a otro ratón fuera de su círculo sin motivo aparente, como una suerte de venganza. 

John Calhoun dentro del experimento con ratones. Las hembras, al ser abandonadas por sus parejas, eran vulnerables en sus nidos al ataque de otros ratones de la comunidad, lo que ocasionó, por estrés, que algunas devorasen a sus propias crías. 

Curiosamente también, un grupo de machos, no pertenecientes a los BETA, se atrincheró en un área protegida por ellos mismos y se dedicaron al cuidado extremo de su cuerpo, pero sin entrar en peleas ni mostrar interés por las hembras, siendo bautizados por los científicos como «los guapos». 

Con 2.200 ratones, y en el día 530, la situación era tan caótica y violenta que ya no había reglas. Todos se agredían continuamente. Lo único que se mantenía era la falta de sexo. 

Era tan violenta la situación, de tal grado, que todos comenzaron a matarse hasta que el día 600 se dio por extinguida a la población. Ni habiéndose reducido nuevamente la población esta volvió a la normalidad, pues «los guapos» y las hembras habían, paradójicamente, olvidado como reproducirse. 

Conclusión 

Como habrán podido ver, no se trata de falta de bienes materiales, ni de recursos, pues los ratones tenían todas sus necesidades cubiertas. Un enfrentamiento debido a los instintos y un posterior colapso social hicieron como detonante de la extinción. 

¿Hasta que punto nos podría pasar a nosotros como seres humanos? ¿Estamos a tiempo de remediar nuestro fin como especie? Si hasta hace 70 años nos «autorregulábamos» poblacionalmente con terribles guerras y epidemias, ¿cómo lo haremos ahora que, ni las guerras son tan crueles y la medicina ya es capaz de contener muchas amenazas epidemiológicas?

Somos animales, y como tales, nuestros instintos chocan. El instinto de poder, de dominación, sigue vigente en nuestras mentes primitivas y son los causantes de las guerras. 

Somos animales que simplemente hemos desarrollado nuestro lado lógico, somos capaces de poner un satélite en el espacio, de volar, de hacer «prodigios», pero nuestra inteligencia emocional no es más desarrollada, incluso muchos afirman que inferior, a la de cualquier otra especie animal social.

Entran escalofríos solo con pensar en los paralelismos que actualmente guardamos con el periodo decadente de los ratones. 

Nosotros, por la lógica, tardamos más, pero a pasos agigantados puede que nos acerquemos al mismo desenlace: La desunión social cada vez es más acuciante, la crispación entre colectivos, es similar a la de los ratones BETA con los guapos. 

En una sociedad, las divisiones y el individualismo acaban haciendo estragos, y esto aumenta a medida que aumentan los núcleos poblacionales en número de habitantes. La preocupación por el físico, unida por la falta de compromiso por establecer una pareja hace que, primero la natalidad se resienta y que exista cada vez más, aunque parezca lo contrario, una apatía mayor entre sexos (machismo-feminismo). 
Sin contar que la desunión entre machos BETA y guapos guarda un paralelismo curioso con las artificiales clases sociales humanas. Y, finalmente, la violencia generada por los ratones podría compararse con el aumento de la violencia entre miembros de la sociedad. Ya no hay reparos en mucha gente, cada vez más, ni morales ni espirituales, por cometer una agresión gratuita. Es, como la de los ratones, una sociedad deshumanizada por el consumo y lo material. 

Quizá, nosotros como humanidad veamos las consecuencias, a no más tardar, en un espacio de tiempo no mayor a un siglo.

 Por Pablo Moreira.


FUENTE

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