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sábado, 26 de julio de 2014

El horripilante caso de la mujer que era violada por un fantasma.


En la década del 70’ un caso de tintes paranormales desconcertó a los especialistas en Estados Unidos. Una madre de cuatro hijos era violada regularmente en su casa por una entidad sobrenatural e invisible.

Entre los casos de tintes paranormales más inexplicables y recordados del siglo pasado destaca sin dudas el famoso caso de Carla Moran, una respetable ama de casa californiana que aseguró que era regularmente violada por una entidad invisible.

Carla Moran, una madre viuda de cuatro hijos que residía en la localidad californiana de Culver City, en Estados Unidos, se presentó un día de 1974 ante un equipo de expertos del laboratorio de parapsicología de la Universidad de California. El motivo de la visita de la angustiada mujer no era baladí: les aseguró a los expertos que casi todas las noches una entidad invisible la violaba en su propio dormitorio.

La primera reacción de los parapsicólogos fue atribuir los ataques a un supuesto “desorden mental” de la mujer. Pensaron que su relato era sólo una construcción imaginaria producto de complejas exteriorizaciones y percepciones gatilladas por algún trastorno o trauma psicológico. Las opiniones de los expertos, sin embargo, no fueron tan concluyentes cuando la examinaron físicamente: la mujer presentaba recientes magulladuras en sus piernas, arañazos en el cuerpo, mordidas y varias lesiones en la zona genital.

El doctor Barry Taff, jefe del equipo de expertos y quien estaba al tanto que desde la antigüedad había un registro de agresiones sexuales atribuidas a entidades invisibles demoníacas llamadas íncubos y súcubos, no sólo entrevistó en profundidad a Carla Moran, sino que también a sus hijos y a algunos vecinos. Éstos le confesaron que también habían sido testigos de los extraños fenómenos causados por el invisible atacante, que desde ese momento comenzó a ser llamado “el ente”. El hijo mayor de Carla Moran, quien entonces tenía 16 años, relató de hecho que una vez oyó a su madre llorar y fue al dormitorio. Allí vio cómo algo zarandeaba a su madre en la cama pero, cuando se acercó a ayudarla, algo le golpeó en la cabeza y lo lanzó violentamente hacia atrás. El adolescente terminó con un brazo roto.

Un grupo de expertos, entre los cuales se contaba el propio doctor Raff y el hipnólogo Kerry Gaynor, decidieron instalarse finalmente en el domicilio de Carla Moran a la espera de alguna prueba más concreta de la existencia de su invisible agresor. De ese modo lograron captar dos fotografías, que posteriormente dieron la vuelta al mundo, en las que aparecían reflejadas unas extrañas y enigmáticas luces que rodeaban el cuerpo de Carla.

Kerry Gaynor explicó que en la segunda visita a la casa de los Moran “empezamos a ver pequeños estallidos de luz que sucedían rápidamente. Intentamos fotografiarlos, pero sucedían demasiado rápido. Después estábamos en la cocina hablando con el hijo de 16 años de Carla cuando la puerta de un armario bajo se abrió de golpe y una cacerola salió disparada y cayó dos o tres pies más allá del armario. Yo me asomé por si hubiera algún truco o alguien escondido en el armario, pero allí no había nada. Ahí es cuando empezó todo. La mujer empezó a gritar ‘está en el dormitorio’. Nosotros corrimos hacia allá y fue cuando aparecieron las luces y tomamos las instantáneas con la Polaroid”.

El mismo hipnólogo agregó que en la tercera noche, cuando la mujer avisó que el ente estaba en la casa, una luz salió de la pared y se desplazó hasta el medio de la habitación. “Esa luz empezó a girar y a expandirse en todas direcciones. Teníamos a nueve fotógrafos profesionales distribuidos por la habitación disparando sus cámaras desde todos los ángulos. Fue increíble, ¡esa cosa flotaba en medio de la estancia y era dimensional! Es imposible falsificar algo así sin disponer de sofisticados sistemas de láser. Nosotros vimos bolas de luz. De algún modo las cámaras recogieron arcos luminosos, pero lo que nosotros vimos eran bolas de luz”.

Escena de la película "El Ente"
Un ente con forma de hombre

Carla Moran siempre les aseguró a los parapsicólogos que la entidad cuando la violaba cobraba solidez y tenía la anatomía de un hombre alto y fornido, lo que fue corroborado visualmente por Gaynor. “Primero vimos como se formaba la cabeza y seguidamente los hombros. Después la luz fue descendiendo hasta que una silueta se dibujó entera. Era una luz verde-amarillenta. Cuando todo pasó, nos miramos unos a otros… No podíamos ni hablar.” El doctor Taff añadió posteriormente que “cuando la aparición se esfumó, dos jóvenes ayudantes se desmayaron y hubo que sacarlos fuera del dormitorio”.

Como los ataques continuaron produciéndose, Carla Moran se instaló posteriormente en una casa de cristal, ubicada en las dependencias de la Universidad de California, para que los expertos pudieran monitorear el siguiente ataque. No hubo que esperar mucho. En la siguiente noche el cuerpo de la mujer comenzó a retorcerse y moverse, como si alguien encima de ella la estuviera empujando y forzando. Lo extraño es que las cámaras de televisión dispuestas en el lugar no captaron nada extraño a su alrededor.

Carla Moran, finalmente, ante la infructuosa ayuda de los expertos, dejó de participar en los experimentos y se mudó a Texas en compañía de sus cuatro hijos. Los ataques persistieron, pero fueron remitiendo con cada nueva mudanza (5 en total). Al final, Carla vivió con relativa paz hasta que un cáncer le quitó la vida en julio del 2006.

El inexplicable caso de Carla Moran trascendió al público gracias a un libro escrito en 1978 por Frank de Felitta -“El caso de Doris Bither” (el nombre ficticio con que fue llamada Carla Moran)-, quien llegó a ser testigo de una de las agresiones. El mismo libro inspiró en 1982 una conocida película de terror, “El Ente”, dirigida por Sidney Furie y protagonizada por la actriz Barbara Hershey.


martes, 18 de marzo de 2014

Juan José Benítez, tras los pasos de Anne Germain

Bueno, como les dije mas e una vez, publicamos de todo en el sentido de que no defendemos ninguna tésis aunque nuestras creencias personales son otra cosa que preferimos mantenerlas al margen (a veces las manifestamos pero sin animo de dividir opiniones ni crear polémicas, porque tambien tenemos TODO el derecho de expresarlas cuando nos venga en gana); la pluralidad de ideas y conceptos enriquecerán nuestra definiciones y juicios posteriores, como quien dice: NO PASA NADA.
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Del autor que sostiene que el hombre convivió con los dinosaurios, que la sábana santa prueba la resurrección de Jesús de Nazaret, que seres de Orión levantaron las pirámides de Egipto, que existía comercio entre Europa y América antes de 1492, quelos astronautas del Apollo 11 encontraron ruinas extraterrestres en la Luna y que Jesús se sentó en el Coliseo romano años antes de que el edificio existiera, llega a las librerías Estoy bien, su versión del clásico de la literatura paranormal Vida después de la vida (1976).

El ufólogo y sindonólogo Juan José Bénitez se pone en este libro en la piel del parapsicólogo Raymond Moody para vender la idea de que hay pruebas de que “la vida continúa tras la muerte y al otro lado hay luz”. Casi nada. En su larga trayectoria, el autor navarro -que vive semirretirado en una casa con forma de platillo volante a pie de playa en Zahara de los Atunes- ha recogido innumerables testimonios de encuentros con extraterrestres con el resultado que todos conocemos, así que no es muy arriegado aventurar que sus “160 casos documentados de la vida después de la muerte” se desharán a las luces de la razón como un cubito de hielo al Sol.
Bastaría una prueba para convencernos a los escépticos de la realidad de cualquiera de las excentricidades que ha propuesto Benítez desde que escribió Existió otra Humanidad (1975), libro en el que daba por buenas las fraudulentas piedras de Ica, para él, el legado de una civilización de hombrecillos cabezones, narigudos, que vestían con taparrabos y se cubrían con tocados de plumas, hacían trasplantes hasta de cerebro, volaban en pájaros mecánicos, viajaban a otros mundos, habían declarado la guerra a los dinosaurios, construyeron las pirámides de Egipto y acabaron huyendo a las Pléyades. ¿Pruebas? Menos que de la existencia de los Reyes Magos. Sólo unas piedras talladas por los lugareños para satisfacer a un pobre médico que creía haber descubierto vestigios de una Humanidad antediluviana.

“En ese nuevo mundo hay vida física”
Estoy bien es más de lo mismo. Testimonios; simples testimonios. Como los encuentros con hadas, brujas y alienígenas. Según la editorial, todo empezó en 1968 cuando Benítez conoció al periodista, fotógrafo y cámara de televisión Miguel Paris (1922-2004), quien -copio del dossierde prensa de Planeta- “durante la Segunda Guerra Mundial había formado parte de la División Azul y servido en Novgorod, Rusia, en donde observó a un soldado español caminando por la nieve. Lo vio y habló con él con total naturalidad… más de dos meses después de que hubiera fallecido en el campo de batalla. El testigo no sabía que su compañero, militar y amigo Francisco Bacaicoa de Marcos había caído en el campo de batalla, hasta que posteriormente sus compañeros se lo contaron antes su propia incredulidad… ¡Había visto a una persona que llevaba tiempo muerta! Imposible, pero cierto. Lo más inquietante es que aquel aparecido ayudó a Miguel París a salvar su vida en mitad de la ventisca siberiana y de las bombas rusas, ya que le indicó el camino a seguir para reunirse con sus compañeros y ser atendido de las heridas que sufrió en un ataque enemigo. «Tira por aquí», le indicó. «Yo continúo», remató, y después, aquel viejo amigo que conocía de anteriores batallas, prosiguió su camino en mitad de la nieve”.
Ése es el mimbre a partir del cual Benítez teje su último libro, apoyado por documentos que carecen de cualquier valor probatorio. Así, en el caso de Miguel Paris y su amigo muerto, el autor presenta “expedientes, certificados e información para demostrar que, cuando su compañero había visto a aquel soldado, el aparecido había fallecido tiempo”. Como si eso demostrara algo. El quid de la cuestión es que los testimonios, sin más, no demuestran nada: sólo que quien nos cuenta una historia cree haberla vivido, presuponiendo la honradez del testigo. La clave está en la leyenda de la portada: “Si tan sólo uno de estos testimonios fuera cierto, el Más Allá sería real”. Pero es que no lo es ninguno, en el sentido de prueba de nada. No hace falta que los testigos engañen. Ellos pueden creer su historia, pero eso no significa que haya pasado en el mundo real. Paris pudo tener un sueño o una alucinación en una situación límite, por ejemplo. Y lo mismo cualquiera de los otros testigos que presenta el ufólogo. Un buen periodista tendría en cuenta eso antes de echar las campanas al vuelo; un misteriodista -como los llama Mauricio-José Schwarz- ve una aparición mariana en una pareidolia o un visitante de otra dimensión en una visión hipnagógica.

“«Estoy bien». Ésta es la frase más repetida a lo largo de este libro, puesto que eso es lo que transmiten los entrevistados por J.J. Benítez a propósito de lo que transmiten los fallecidos que se les aparecen. Que la muerte es un tránsito a otra vida, que volvemos a ver a nuestros seres queridos, que nos encontramos de nuevo con ellos, que el cielo es real, aunque no sea como nos han trasmitido las religiones y sus doctores”, explica el dossier de prensa. Los muertos dicen cosas como: “En ese nuevo mundo hay vida física”; “La muerte no es lo que creemos”; “En ese nuevo mundo no existe la enfermedad, ni la tristeza, ni el dolor, ni los lazos familiares, como los conocemos en la Tierra”; “En el más allá, nadie juzga a nadie. El Infierno es un invento de las religiones”; “La muerte es un dulce sueño”; “Morir es una mudanza; sólo eso”… Básicamente, el mismo tipo de mameluconadas que repiten los médiums desde que, el 30 de marzo de 1848, dos niñas hicieron una broma a su madre y nació el espiritismo moderno.
Con este libro, Juan José Benítez se convierte en nuestra Anne Germain. No esperen de sus resucitados ninguna revelación que merezca la pena; tampoco la hicieron nunca sus extraterrestres.