Estoy convencido de que hemos encontrado el lugar en que estuvo en un
tiempo la legendaria ciudad perdida del Mono-Dios, la antigua capital de los
extintos Chorotegas, cuya civilización es quizá más vieja que la de los mayas y
los aztecas. Los relatos que se refieren a este pueblo indio han despertado
tanto el interés de los exploradores que muchos de éstos se han internado en
las intrincadas selvas hondureñas en atrevidas investigaciones. Dimos con la
ciudad después de Haber penetrado en el inexplorado territorio de la Mosquitia,
donde la traicionera y tupida vegetación se extiende hasta las mismas márgenes
de los ríos y donde la temida malaria, las mortíferas serpientes, los insectos
dañinos y las fieras acechan donde quiera a cualquiera que se aventure más allá
de la estrecha faja de tierra llamada Costa de la Esperanza Perdida, que bordea
las hermosas aguas azules del Mar Caribe. Durante cinco meses, la expedición
del Museo del Indio Americano de la Fundación Heyes de Nueva York, navegó
impulsándose con remo o pértigas por los inexplorados ríos y arroyos que se
precipitan en las altas cordilleras montañosas de Honduras. Navegando cientos
de millas en piraguas y abriendo a filo de hacha y machetes senderos a través
de la densa vegetación selvática llegamos, por fin, a las ruinas de la ciudad
perdida del Mono-Dios.
En el lugar era ideal para una ciudad semejante. Las elevadas montañas formaban
en fondo de la escena. Cerca de allí, una rápida catarata, hermosa como un
vestido de refulgentes joyas, se precipitaba en el verde Valle de las ruinas.
Las aves resplandecientes como gemas, revoloteaban de árbol en árbol y los
monitos, asomaban sus hociquillos mirándonos con curiosidad desde el denso
follaje que nos rodeaban. No puedo precisar de lo que he hecho la ubicación de
la Ciudad del Mono-Dios porque, como ya he dicho, son muchos los que la buscan,
atraídos por los relatos que hablan de tesoros, y nosotros queremos encontrarla
intacta en nuestro próximo viaje, que será muy pronto. En esa ocasión,
esperamos descubrir el Gran Templo y desenmarañar, entre otras cosas, el
misterio del parecido de este prehistórico Mono-Dios americano con el Mono-Dios
Hanuman, adorado desde hace decenas de siglos en la India.
Las hazañas de Hanuman se cuentan en el Ramayana, uno de los textos sagrados
hindúes. Su gran templo se encuentra en Benarés, donde sus sacerdotes cuidan y
alimentan a los monos sagrados. Sobre Hanuman y su poder se habla algo en la
inolvidable obra de Rudyard y Kipling “La Marca de la Bestia”, la cual cuenta lo
que sucedió al borracho Fleete cuando pego su tabaco encendido a la frente de
la imagen en piedra roja de Hanuman y como, a una orden del sacerdote leproso,
el beodo comió y lloró y corrió a gatas y despidió el mismo hedor de un
leopardo hasta que se retiro la maldición. Hanuman es peculiarmente venerado en
la India porque figuro de manera principal en las grandes batallas del héroe
Rama, que era la octava encarnación de Vichnú, el Creador, y su bella esposa
Sita. La hazañas de fuera y valor de Hanuman merecerán, en este mismo artículo,
toda nuestra atención. Una reproducción de una lámina religiosa hindú muestra
esta Mono-Dios llevando a lugar seguro, protegidos en su pecho, que se habían
desgarrado para este fin, a Rama y a Sita.
El Mono-Dios americano tenía sus sacerdotes y quizás también sus sacrificios
humanos. Las leyendas son bastantes explicitas en cuanto a esto. Pero sus monos
ya no son adorados, a menos que la horripilante y misteriosa ceremonia llamada
la Danza de los Monos Muertos, que describiré más tarde, sea un recuerdo
tergiversado de aquella vieja forma de culto religioso. De acuerdo con las
leyes cuya posible verificación era el propósito de nuestra expedición, la muy
buscada Ciudad Perdida de Mosquitia fue en un tiempo clave de una civilización
cuyo pueblo habitaba toda la región. Los indios no habían hablado de vastas
ruinas hoy cubiertas por la selva. En sus mentes supersticiosas, era un sitio
al que no debía irse; no obstante la cual, los indios más viejos describían
algunas de sus características con detalles curiosamente explícitos, que decían
haber conocido por los antepasados suyos que habían visto el lugar. Esto era
así, especialmente en lo referente al Templo. Descubriríamos, según nos
dijeron, una larga vía de acceso, escalonada, construida y pavimentada al
estilo de las ruinas mayas que había en el norte. Efigies de monos labradas en
piedra orlarían esta entrada.
El centro de Templo lo formaría un alto estrado de piedra sobre el cual
estarían las estatuas del Mono-Dios, frente a la estatua, se encontraría el
sitio de los sacrificios. Inmensas balaustradas flanquearían la escalinata
hasta el estrado. Una de las balaustradas comenzaría con la colosal imagen de
una araña y la otra con la figura también gigantesca de un cocodrilo. De labios
de algunos viejos indios payas, la moderna tribu que vive ahora cerca de la
región que explorábamos, conocimos las leyendas sobre el Mono-Dios que ellos se
habían transmitido de generación en generación insistían ellos en que, a pesar
de los mil o más años que hace que la vieja ciudad abandonada, se conservaba
bastante bien. En la memoria de la tribu estaban bien fijas las principales
características de sus maravillas. La Ciudad Perdida estaba habitada hace mil
años o más por una antiquísima y avanzada tribu llamada de los Chorotecas. No
se sabe si ellos mismos construyeron la ciudad o la arrebataron a algún otro
pueblo más antiguo, ocupándola desde entonces. Tampoco se sabe mucho acerca de
los Chorotecas, a excepción de lo que dicen algunos arqueólogos de que eran
contemporáneos de los antiguos mayas y dominaban lo que hoy es el territorio de
Mosquitia en Honduras, que entonces no se componía de pantanos y selvas, como
ahora, sino de fértiles tierras.
Hábiles Constructores
Hay otros que creen que los Chorotecas existieron antes que los Mayas y que
fueron, quizás los precursores de las culturas maya y azteca, que florecieron
en los que es hoy México, Guatemala y el norte de Honduras. Los Chorotecas eran
muy hábiles en los trabajos de cantería, por lo que, para suerte de nosotros,
erigían construcciones sólidas y perfectas. La Ciudad Del Mono-Dios estaba
amurallada. Encontramos algunas de esas paredes en las cuales la magia verde de
la selva había causado algunos daños, pero que, no obstante, habían resistido
la avalancha de la vegetación. Seguimos uno de esos muros hasta llegar a unos
montículos, que tienen toda la apariencia de haber sido alguna vez un gran
edificio. Hay, efectivamente, varias construcciones que todavía están cubiertas
por sus milenarias mortajas de tierra.
Sabemos que la Ciudad Perdida era de grandes proporciones y que, en su apogeo,
debió haber tenido muchos miles de habitantes. Fueron las lluvias lo que puso
fin a nuestra labor allí. Pero cuando cesen regresaremos y emprenderemos la
ingente tarea de quitar la selva de encima de la ciudad. La primera tarea será
el descroce y las quemas de varios cientos de acres del bosque. Solamente
entonces podrán comenzar los verdaderos trabajos de excavación. Y a juzgar por
la magnitud de los trabajos necesarios para limpiar las Ruinas de Copán, se
necesitarán varios años para desenterrar la Ciudad Del Mono-Dios. Pero qué
descubrimiento se harán durante esos años!
La danza de los monos muertos
He hablado de la Danza de los Monos Muertos y de la posibilidad de que fuera un
culto religioso pervertido que se celebraba en la Ciudad Perdida mucho antes de
que el Nuevo Mundo fuera descubierto por Colón. Pues a nosotros se nos permitió
asistir a una de estas fiestas enteramente macabras. Cualquiera que haya visto
la cremación de los muertos en las riberas del Ganges, en la India, no olvidará
jamás los desagradables escalofríos que causa el espectáculo del movimiento
muscular de los cadáveres bajo la acción del fuego. Algunas veces, el cadáver
se sacude y se estremece como si tuviera vida todavía, y otras se sienta,
erecto a levanta un brazo rígido o encoge una pierna. En definitiva, es un
espectáculo asaz horripilante. Y en los crematorios también los cadáveres se
sientan algunas veces, o parecen tratar de escapar de sus ataúdes o hacen
gestos que parecen suplicantes o amenazantes, cosas estas que no seria
conveniente que la viesen los deudos. Pero todo esto es causado por el intenso
calor sobre los músculos y los tendones. El cadáver está muerto como siempre.
Pues la Danza de los Monos Muertos es algo por el estilo y los movimientos de
los cadáveres de los monos se deben a la misma causa. Sin embargo, hay algo
indescriptiblemente diabólico en esta ceremonia y es que, después que termina
la danza, los asistentes al festín se comen los monos. Es esto, posiblemente,
lo que constituye la perversión de los que probablemente era antes un rito
religioso. El nombre que los nativos dan al mono es urus, que traducido
literalmente quiere decir “hijos de los hombres velludos”. Sus padres o
antecesores son los ulaks, mitad hombre y mitad espíritu que Vivian en la
tierra, caminaban erectos y tenían la apariencia de grandes y velludos hombres
monos. Los indios del territorio de Mosquitia creen todavía hoy que estas criaturas
habitan las altas tierras del interior y el sur de Honduras, porque la singular
Danza de los Monos Muertos es su terror. Una vez en que nos aproximábamos a
esta supuesta región de los ulaks, nuestros remeros nativos comenzaron a
cuchichear entre si. El mestizo hondureño que nos servia de intérprete nos dijo
que los indios no seguirían más adelante. Nos aproximamos a la región prohibida
de los “hombres velludos”. Por nada del mundo quisieron seguir adelante. En
seis horas hicieron una balsa y partieron en ella, impulsados por la corriente,
dejándonos solos para que explorásemos y afrontásemos los peligros de la tierra
de los ulaks. Durante varios días nos abrimos camino a través Del territorio
selvático, pero nunca encontramos ni vestigios de los legendarios antropoides
medio hombre.
El origen de la danza
De acuerdo con los indios más viejos, la Danza de los Monos Muertos se originó
en el hecho siguiente: Un día, tres de los hombres velludos que parecían
grandes monos, entraron en una aldea indígena y raptaron a tres de las más
hermosas jóvenes de aquel lugar, se llevaron a las muchachas a sus cuevas de
las montañas, y las hicieron mujeres suyas. De aquellas uniones no se
produjeron seres humanos o semi-humanos, sino los pequeños monos que los indios
llaman urus. Y por eso es por lo que les llama a estos monitos “hijos de los
hombres velludos”. Los indios actuales creen que la singular Danza de los Monos
Muertos es un rito que se celebra en venganza del secuestro de las tres
vírgenes. Efectivamente, sus gustos y sus gritos mientras comen los monos
asados, indican más ensañamientos sobre el enemigo caído que un mero deleite
gastronómico. Pero algunos tecnólogos que han presenciado la danza no creen que
este sea el verdadero origen. El canibalismo religioso se ha practicado en todo
el mundo y en todas épocas. Comiéndose el cuerpo del sacrificio, creían los
salvajes consumir algo del espíritu que lo había animado. La carne era
secundaria, por lo cual, lo Aztecas sacaban el corazón de los sacrificados y arrojaban
a este por las escalinatas de las pirámides a los sacerdotes que los cortaban
en pedazos y los distribuían entre los adoradores, a quienes servían de
manjar.
Algunas veces, la unión con los dioses afectaba esta forma. En Méjico se elegía
todos los años un joven físicamente perfecto para que fuese el dios
Texcotlipoca hasta el próximo. Se le adoraba como un dios cualquiera, se le
daban las más hermosas doncellas, podía tener y hacer todo lo que quisiera,
menos abandonar su posición, Texcotlipoca era el dios del sol; su nombre
significa “Espejo Humeante”. Después de un año de esta “vida regalada”, el
joven era sacrificado y su cuerpo era consumido por los asistentes al
sacrificio. Pero no se comía como alimento, así como la carne sagrada de una
deidad. Los tecnólogos creen que este rito fue copiado a los Chorotegas y
quizás un sacerdote determinado al igual que el azteca Tezcotlipoca, recibía su
corte de beldades y hacia las veces del Mono-Dios. Al expirar su período, el
sacerdote era sacrificado y devorado de la misma manera que lo era el joven que
hacia de dios del Sol. Se cree que la versión de los indios modernos es
tergiversada y apócrifa.
La caza de los monos
De todos modos, cada vez que ocurre una de las periódicas migraciones de monos
a través de las selvas de Honduras, los guerreros de los indios sumus atan unas
uñas endurecidas al fuego en sus largas flechas de bambú y salen a matar urus.
Cada hombre dispara a tres monos. Deberá usar solamente tres flechas. Si no
vuelve con sus tres monos, ello será motivo de acre censura por parte de los
otros miembros de la tribu. De esta parte, se supone que cada indio mate el
equivalente de tres hombres velludos como los que raptaron sus tres vírgenes
antepasadas. Mientras los hombres están ausentes, cazando su trío de simios,
las mujeres de la tribu se preparan para la danza. Las mujeres más viejas,
sobre todo aquellas que no tienen ya dientes, juegan un importante papel en
este rito, pues su misión es hacer la “Misla”, que es una variedad muy fuerte de
cerveza. Las viejas brujas hacen la misla masticando cazabe y hojas de un
arbusto llamado snik. Después escupen el jugo de esta mezcla en enormes tinas
en forma de canoas. Pronto se fermenta este líquido, convirtiéndose en una
bebida de alto contenido alcohólico. Durante la danza, los nonos de la tribu
sirven misla a los hombres. Las pequeñas doncellas se acercan a los hombres
reclinados en sus hamacas y con solemne cortesía les entregan las jícaras con
misla. Cuando los hombres de la tribu regresan con sus monos (cada uno con
tres) se encienden grandes hogueras formando un circulo. Las antochas de pinos
y las hogueras iluminan una grotesca escena.
El horripilante rito
De su Watla – una cabaña típica india hecha con las hojas gigantescas de un
arbusto Waja – sale el principal hechicero vestido para la ocasión. Se le llama
el Dama Suk ya-Tara. No lleva más que un taparrabos, pero su cuerpo está
profusamente rayado con yeso. Las franjas blancas resaltan a la luz de las
hogueras. El collar-amuleto que cae sobre su pecho está confeccionado con
pequeños cráneos de fetos de monos, dientes amarillos de los antepasados el
hechicero, bolsas de veneno de las serpientes venenosas de la selva, largos
dientes de cocodrilo y otros fetiches y símbolos ritualistas. En los dedos de
las manos lleva, a manera de dedales, dientes de cocodrilos gigantescos, que se
abren y se cierran, como muelas de cangrejo, cuando él gesticula. En la mano
derecha lleva una larga flecha en la cual va empalado un gran mono-araña. El
toque de los tambores se eleva en un crescendo y se detiene súbitamente cuando
el Dama Suk-ya Tara alza los brazos y describe un círculo en el aire. Todos los
presentes ya medios borrachos por la misla hacen un silencio absoluto. El Dama
Suk-ya Tara se acerca a las hogueras a grandes pasos y a una señal una larga
fila de cazadores sumus, adornados todos con sus plumas, preferidas de
guacamayo, refulgente sus cuerpos por el aceite de coco, se aproximan también a
las llamas. A otra señal, los broncíneos cazadores forman una gran círculo
alrededor de los fuegos. Detrás de ellas se encuentran las mujeres y los
hombres muy viejos ya para matar monos. Palabras de encantamiento salen de
labios Del Dama Suk-ya Tara en una lengua desconocida para los indios. Para
ellos, el hechicero habla a los espíritus. Comienza de nuevo el redoblar de los
tambores y sus notas regulares e hipnóticas vuelven a llevarse. Entonces,
abruptamente, vuelven a silenciarse los tambores, tan al unísono, que de la
impresión de ser un solo instrumento el que sonaba.
Asando a los Monos
El Dama Suk-ya Tara se inclina parsimoniosamente y coloca su flecha firmemente
en el suelo cerca de la hoguera más grande de todas. Entonces, con abrupto
gesto, se yergue y entierra profundamente en el suelo la vara en que está
empalado el mono en grotesca posición. Uno a uno, todos los indios van hacia el
mismo sitio y entierran allí una de sus flechas con el mono más grande que
hayan cazado. Pronto todas las hogueras quedan rodeadas de monos empalados en
las flechas, todas de frente a las llamas. Los hombres se retiran y, presa de
ansiedad, se sientan todos en círculo. En seguida comienza la grotesca danza de
los monos muertos. Aquel se retuerce una mano en macabro gesto. Aquel otro
mueve un hombro y más allá otro hace atrás la cabeza con gesto violento. Otro
levanta una pierna como impulsado por un resorte, o tuerce el cuerpo como si
estuviera en un asador. Estos fantasmagóricos efectos producidos a la vez en
cuarenta o cincuenta cadáveres de monos, a la luz de unas cuantas hogueras en
plena noche selvática, nos darán una Idea aproximada de los que es la Danza de
los Monos Muertos.
El festín
Cuando ya ningún cadáver se mueve más, termina la danza y están completamente
asados los monos. Cada sumu toma su flecha y sosteniéndola en alto, se aproxima
al Dama Suk-ya Tara. Uno a uno se sitúan frente al hechicero, que está sentado
con un largo tallo hueco de bambú en sus manos. Cada vez que se coloca un mono
delante de él, el hechicero introduce el tubo de bambú por un ojo del animal y
le chupa el líquido cerebral, esta operación, que los indios llaman beberles
los pensamientos a los monos, puede hacerla solamente el Dama Suk-ya Tara.
Después de que cada guerrero ha colocado sus tres monos ante el hechicero, toda
la tribu come de los animales. Aunque las actuales tribus de Honduras – Los
Mosquitos, Los Payas y los Sumus – no han conocido nunca el lenguaje escrito
que pudiera haberles servido para perpetuar las hazañas de sus héroes
ancestrales, como la poesía hindú del Ramayana, relata las hazañas de Hanuman,
si tienen leyendas que son muy veneradas.
Una leyenda
Una de las mejores es la historia de “El Ave Sagrada de los Chorotecas”. He
aquí la leyenda tal como la cuenta “El Viejo Pio”, el más viejo de los indios
payas que viven actualmente. Hace muchos años el gran dios Wampai de los Paya
tenia la figura de un gran paya blanco superior. El era el mejor nadador, el
mejor corredor y el mejor guerrero de toda la tierra. Wampai vivía en las
montañas y tenía su refulgente palacio blanco cerca de los verdes picos. Altos
muros blancos rodeaban el palacio y columnas como la leche, suportaban el
techo. Un día, Wampai salió en busca de una esposa digna de su casa. En su
búsqueda tropezó con una encantadora doncella rubia, llamada Oru, que le sedujo
con su belleza, por lo cual él la requirió de amores. Se casaron, y así fue
como oru se convirtió en la orgullosa reina de todos los Payas. Tan hermosa era
oru que todos los Payas hablaban de su porte elegante, de su cuerpo juncal y de
su dorada piel que brillaba como el maíz hecho o el plátano maduro. Hasta el
Espíritu Maligno de los Payas, que Wampai había encerrado en las profundidades
de la tierra, en el “Lugar Oscuro”, se antero de la belleza de Oru y la deseó.
Tan feliz se sentía el dios Wampai con su magnífico palacio y su joven esposa
que, lleno de benevolencia, permitió que el espíritu Maligno, que era un
mentiroso viviera en su propia casa. Entre los Payas es costumbre aun
actualmente, que todo hombre a quien un amigo le confía su esposa se convierte
automáticamente en Hermano de sangre de este. Pese a que el dios Wampai sabía
que el espíritu maligno era un mentiroso y completamente indigno de confianza
confío en él. La leyenda dice que el espíritu maligno era un hombre apuesto y
de haberlo sido, pues la reina Oru compartió con él su lecho a espaldas de su
marido.
El castigo de Wampai
Para facilitar el adulterio, el Espíritu Maligno puso en práctica un astuto
ardid, haciendo que el dios Wampai saliera de cacería. Echó a rodar el rumor de
que un raro antílope blanco como la nieve, andaba por aquellos contornos.
Wampai, el gran cazador, debía salir en busca de tan preciada presa, pero el
dios Wampai, al llegar al río que cruzaba cerca de su palacio, encontró que el
habían robado su gran piragua y regresó a su casa, encontrando a su esposa Oru
en brazos del Espíritu Maligno. Cuando el Dios Wampai sorprendió a su mujer in
fraganti, su ira fue terrible. Su cólera retumbo de montaña en montaña, como el
trueno, asustando a todos los habitantes del reino. Después de una terrible
lucha, el dios Wampai logro arrojar de nuevo al Espíritu Maligno al “Lugar
Obscuro”, advirtiéndole que jamás volviera a asomar el rostro a la superficie
de la tierra. El dios Wampai pensó primero matar su esposa, como lo decretaba
la costumbre, pero ella era tan hermosa que no se halló con valor para hacerlo.
Así pues, resolvió convertirla en el ave Margarita, prohibiéndole que
abandonara las montañas y el nacimiento de los ríos. Todos los años, al
comenzar la estación de las lluvias, los truenos renuevan las advertencias del
dios Wampi a su esposa y a su rival. Nuestra expedición capturo dos de esos
pájaros Margarita, lo cual causo consternación entre los nativos, ya que esas
aves son sagradas para ellos. Estos pájaros son bellos cuando, al extender sus
alas al estilo de los pavos reales, el sol se refleja en ellas y produce tonos
de oro, bronce y negro, que contrastan con el plumaje del cuerpo, un gris
moteado.
Otra vez Hanuman
Volvamos ahora a Hanuman el Mono-Dios de la Índia. En nuestros viajes por entre
las tribus payas y sumus modernas que pueblan el territorio de Mosquitia en
Honduras, hemos encontrado frecuentemente indios cuyas facciones.... Sus ojos
son algo oblicuos y tienen los pómulos salientes, como los chinos y los
hindúes. Es verdaderamente significativo que en un pueblo indígena americano,
con estos rasgos orientales en sus rostros, el mono tenga todavía una
importancia tan grande en sus ritos religiosos, puebla evidente de que sus
antecesores choroteganos probablemente adoraban animales. Hanuman era en el
Oriente una especie de Paul Bunyan, por sus asombrosas hazañas de fuerza y
arrojo. Pero Hanuman recibió significación religiosa por ser hijo de una ninfa
y de Vayu, el dios de los vientos. La vida del mono-dios se relata en las
páginas de uno de los grandes libros sagrados de la India, el Ramayana, que
habla de las hazañas y las aventuras del poderoso príncipe Rama. Como aliado de
Rama contra las fuerzas del mal, Hanuman, y sus hordas de monos libraron innumerables
batallas. Hanuman recibió una vez el encargo de buscar en las distintas
montañas del Himalaya unas yerbas determinadas con qué curar las heridas que
los guerreros habían recibido en la batalla librada para rescatar de los
demonios malignos a la amada esposa de Rama, Sita, al reino de las estrellas.
Adoptando un tamaño gigantesco, Hanuman anduvo de montaña en montaña hasta que
llegó a aquélla en cuyas faldas crecía la yerba medicinal que él buscaba. Pero
Hanuman registro en vano las faldas de las montañas en busca de las yerbas.
Dándose cuenta de la urgencia con que se necesitaban las yerbas, arranco de
cuajo la montaña y sosteniéndola en un mano, la llevó al médico que curaba los
heridos, quien rápidamente encontró las yerbas y compuso con ellas la pócima
con que salvo a sus pacientes.
Al mono dios Hanuman se le acredita también el haber creado la serie de islãs
que se encuentran entre Ceilán y el continente y que son conocidas con el
nombre de Puente de Rama. El demonio Ravana había raptado a Sita, la reina de
las estrellas, cuyo amante el príncipe Rama, estaba tratando de rescatarla.
Pero Sita estaba confinada en la isla de Ceilán, que está a sesenta millas del
territorio continental. Para Hanuman, estas sesenta millas eran nada más que
una buena zancada, por lo cual fue a la isla en cuestión a fin de cerciorarse
de que allí tenían a Sita. Así lo comprobó y se informo a Rama, que esperaba en
tierra firme. Rama reunió un ejército para atacar la isla, pero afronto un
problema similar al que se le presentó a Hitler cuando pretendió atacar a
Inglaterra desde el continente europeo. Con tal motivo, el primer paso de Rama
fue realizar sacrificios al Dios del Océano, para que las aguas se retiraran y
permitieran que su ejército marchara hasta la isla sin mojarse. Pero el Dios
del Océano, surgiendo de las profundidades de las aguas, acompañado de algunas
relucientes serpientes amarillas, se dirigió a Rama con gran respeto y pena
para decirle que no podría permitir el paso de su ejército porque el océano, de
acuerdo con antiquísimas leyes, no era vadeable. No obstante, recomendó a Rama
que construyera un puente para poder llegar a la isla. Rama consultó al caso
con Hanuman y Nala, hijo de Wishwakarma, el divino artesano. Pusiéronse todos a
trabajar con una gran cantidad de hombres y en cinco días estuvo completa la
cadena de islas que unen a Ceilán con el continente a través del estrecho de
sesenta millas.
El ejército atacante de Rama, compuesto de grandes monos y osos, salto de isla
en isla y pronto llegó sin encontrar oposición a la capital del perverso
Rakshasa, el rey de quien Sita era prisionera. Rama se encaramó en los hombros
de Hanuman y con un solo paso de este estuvieron en la isla uniéndose al
ejército de aquél. El ejército del rey Rakshasa contra atacó montando en
elefantes, leones, camellos, cerdos, hienas y lobos. Llevaban armas mágicas,
así como flechas, mazas, lanzas, tridentes, espadas y vigas. El ejército de
monos de Hanuman arrancaba árboles para servirse de ellos como armas y además
arrojaba grandes penas para sobre el enemigo. Algunos de los componentes del
ejército atacante empleaban sus largas uñas como espadas y sus enormes dientes
como flechas. Ríos de sangre, dice la leyenda, corrieron, pero Rama no se
atemorizo. Depositó su fe en los valerosos monos, pues sabía que todos eran
reencarnación de los dioses. De la misma manera que la antiquísima Danza de los
Monos Muertos, prevalece aún entre los modernos indios de la región de
Mosquitia, en Honduras, muchas de sus otras costumbres actuales se derivaban de
sus antepasados.
Una costumbre curiosa
Entre los indios mosquitos es costumbre actualmente que si un hombre sorprende
a su esposa entregada a otro, la perdone, pero que exija a su rival, como
castigo, que le entregue una buena vaca. Si un hombre, al regresar de un viaje,
sospecha de su esposa, la golpea hasta que esta confiesa. Entonces él no le
presta más atención, y manda a decir al amante que espera recibir el pago de su
multa en cierta fecha. El culpable jamás deja de cumplir lo que se le ordena,
pues, de lo contrario, el marido burlado puede echarle veneno a su alimento o a
su agua. A la sazón de nuestra visita a Honduras, las autoridades de una tribu
afrontaron un delicado problema. Un marido burlado, que había reclamado la vaca
que le correspondía por tal perjuicio hacia diez años, volvió a reclamar. Por
medio de sus amigos, el marido se había enterado de que la vaca reclamada había
tenido muchos terneros en el curso de aquellos diez años, por lo cual reclamaba
ahora no solo la vaca sino también su prole. El problema propio para la
sabiduría de Salomón estaba aún por resolverse cuando nosotros nos marchamos.
Huelga decir que apenas podemos esperar a que pasen los meses que aun faltan
para que volvamos a entrar en la ciudad del Mono-Dios y comencemos a
desenterrar la riqueza arqueológica de otra clase que pueda existir
allí”.
El relato en sí, es inquietante y perturbador. No solo presenta algunos
elementos descriptivos de Ciudad Blanca, sino que además, da cuenta de un
extraño culto que tiene al mono como principal atractivo, vivencias, que le
fueran confiadas por los indios payas, con las cuales Morde tuvo contacto
durante su expedición. Otro dato que ofrece el manuscrito es la alusión hacia
Hanuman, el dios mono hindú, personaje clave del Ramayana, en cual se apoya
Morde, para vincularlo con el extraño hallazgo en tierras hondureñas.
Abandonamos por un momento el relato de Morde, para proseguir con la saga de
Ciudad Blanca, que luego de su muerte, continúo siendo noticia.
En 1940, un año después de la declaración de Morde, un ingeniero de New
Orleáns, D.H. Williams, afirmó haber visitado en dos oportunidades la ciudadela
perdida. Williams contó que la primera vez que contempló las ruinas, fue
durante la búsqueda de petróleo en la zona, luego de aterrizar de emergencia en
el lugar, debido a un desperfecto de su avioneta. Alegó además que en su
segunda visita efectúo una filmación de las edificaciones observadas, aunque
jamás hizo público el film, tan solo lo dio conocer a sus íntimos, por temor
igual que Morde a la “depredación”.
Para los años 90’, Honduras recibió una petición del gobierno de los Estados
Unidos “solicitando permiso para cartografiar áreas de la región oriental del
país”. De inmediato se alzaron voces de protesta y desconfianza local, ya que
se sostenía que los norteamericanos estaban tratando de localizar Ciudad
Blanca. Una noticia que saltó a las planas mundiales en 1997, dada a publicidad
por el Sunday Times, puso en guardia a los hondureños y revivió los temores manifestados
cuatro años antes, ya que la noticia publicada decía que Ciudad Blanca fue
encontrada gracias a los datos aportados por el relevamiento de 1993. Sin
embargo aunque la noticia luego sería desestimada, nadie dudaba que la potencia
del norte tenía un interés extra, en hacerse con el esquivo hallazgo de Morde.
[4]
Sin fotografías, filmaciones y demás evidencias es muy difícil hacerse una idea
sobre el real significado de Ciudad Blanca. Los hallazgos de la zona lindera
revelan actividad maya, aunque de factura muy diferente a la encontrada en
otros emplazamientos. Algunos investigadores creen que Ciudad Maya podría
corresponder a un asentamiento tolteca, que algunos señalan como la enigmática
Tlapallan, aún no encontrada en la actualidad, y que estaría vinculado con en
el no menos misterioso Quetzalcoatl
[5], que luego de su retirada se habría
refugiado en esta ciudad.
Prosiguiendo con la pista maya, y de insospechadas derivaciones tenemos el
hallazgo realizado por Federico Lunardi, un sacerdote italiano, que además de
la evangelización, se dedicó a la arqueología. Según relata el investigador
brasileño Pablo Villarrubia, “en sus viajes por la selva y el valle de
Comayagua, Lunardi se encontró con el cerro de Tenampúa, el emplazamiento de
una antigua ciudadela destruida por tropas españolas en 1538. Allí el sacerdote
italiano encontró una cancha de juego de pelota maya, además de varios templos
y palacios. Lunardi excavó en la zona para corroborar la leyenda que hablaba de
la existencia de un largo túnel excavado por los mayas que conectaría el cerro
con otra ciudad. Sin embargo, el enviado del Vaticano, en su libro Honduras
Maya, publicado en Tegucigalpa en 1948, denunció el saqueo que sufrió Tenampúa
por el arqueólogo estadounidense Samuel Lothrop y sus compañeros entre 1919 y
1935. Se desconoce todavía hoy qué clase de objetos fueron robados y a qué
extraña civilización pertenecían. En el emplazamiento Federico Lunardi encontró
diversos restos de santuarios con una orientación astronómica relacionada con
el culto de estos pueblos arcaicos”. // “ … En los yacimientos que rodean el
lago Yojoa, Lunardi había encontrado seis grandes esculturas labradas en piedra
volcánica, expuestas actualmente en el Museo de Antropología e Historia de la
ciudad. Entre las piezas que el italiano descubrió se encuentra una representación
una enorme cabeza de serpiente atribuida a una representación del dios
Quetzalcoatl. Los ancianos del lugar cuentan sugerentes leyendas sobre túneles
subterráneos como el que supuestamente yacía debajo del cerro de Tenampúa y que
interconectarían distintas ciudades ancestrales mayas (supuestamente se excavó
uno muy extenso entre el departamento de Santa Bárbara y Guatemala)”.
Debemos agregar que esta pista está relacionada con la observación que siglos
antes hiciera el Obispo Pedraza, y que comentáramos en el inicio de nuestro
artículo.
A la presencia maya debemos agregar el factor hindú, que se evidencia en el
manuscrito de Theodore Morde. La conexión entre estas dos culturas, distantes
entre si aportan uno de los datos más intrigantes en cuanto a Ciudad
Blanca.
Buceando en la historia hindú, a los efectos de hallar un rastro más conciso,
que el representado por Hanuman como explicación para los misterios escondidos
en la ciudad descripta por Morde, encontramos una información que puede
representar un puente comunicador histórico, que conecte a mayas e hindúes, y
por ende explique la presencia de Ciudad Blanca.
En el esoterismo hindú hay una figura denominada Pesh-Hun, conocido también
como Narada, y que en idioma sánscrito significa, el Mensajero de los Dioses.
Según se cuenta, Pesh Hun, “es el inteligente y misterioso poder director que
da impulso y regula los ímpetus de los cielos, Kalpas y acontecimientos
universales. Es el ajustador visible del Karma en una escala general; el
inspirador y guía de los más grandes héroes de este manvantara. Se le atribuye
el haber calculado y registrado todos los ciclos astronómicos y cósmicos
venideros y de haber enseñado la ciencia astronómica a los primeros
observadores de la bóveda estrellada”. Hay quiénes dicen que dejó registrado
sus observaciones celestes en un libro secreto, Espejo del Futuro, que
actualmente se encuentra desaparecido. Para finalizar Pesh Hun es representado
con rostro de mono (kapi –vaktra).
A este dato esotérico, debemos agregar un informe que por siglos desconcertó a
los estudiosos, y que fue aportado por el historiador hindú Valmiki
[6] (siglo IV A.C.), el cual indica
sobre la existencia de una cultura conocida como los “naga maya”
[7], que se dicen arribaron desde el este.
Este pueblo no solo estaba avanzado en astronomía, religión, además de otras
ciencias, sino que también destacaban como grandes navegantes. Valmiki creía
que los nagas mayas no solo estuvieron en la India, donde fundaron una capital,
Nagpur, sino que incluso en sus viajes llegaron hasta el Tíbet.
¿Los naga mayas importaron el culto registrado por Theodore Morde y fundaron
Ciudad Blanca?