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martes, 1 de octubre de 2019

Experto en química: el dióxido de carbono no puede causar el calentamiento global



Apenas pasa un día sin que se nos advierta de la inundación costera por el aumento de los mares debido al calentamiento global. 


¿Por qué en la tierra atribuimos cualquier calentamiento de los océanos al dióxido de carbono , cuando hay un culpable mucho más obvio, y cuando un examen tan directo de la termodinámica lo hace imposible? 

Se nos dice que el dióxido de carbono atrapa el calor que ha sido irradiado por los océanos, y esto calienta los océanos y derrite los casquetes polares. Si bien esto parece una propuesta plausible a primera vista, cuando uno realmente lo examina de cerca, surge una falla importante.

En pocas palabras, el agua necesita mucha energía para calentarse y el aire no contiene mucho. De hecho, en una base volumen / volumen, la relación de capacidades de calor es de aproximadamente 3300 a 1. Esto significa que para calentar 1 litro de agua a 1˚C se necesitarían 3300 litros de aire que era 2˚C más caliente, o 1 ¡litro de aire que era aproximadamente 3300˚C más caliente!


Esto no debería sorprender a nadie. Si hiciste un baño frío y luego intentaste calentarlo poniendo una docena de calentadores en la habitación, ¿alguien cree que el agua alguna vez se calentará? 

El problema se vuelve aún más difícil si se considera el tamaño del océano. Básicamente, hay demasiada agua y no hay suficiente aire. 

¡El océano contiene un colosal 1,500,000,000,000,000,000,000 litros de agua! Para calentarlo, incluso en una pequeña cantidad, se necesita una cantidad asombrosa de energía. Para calentarlo a solo 1˚C, por ejemplo, se requieren 6,000,000,000,000,000,000,000,000 de julios de energía.

Pongamos esta cantidad de energía en perspectiva. Si todos apagáramos todos nuestros electrodomésticos y fuéramos y viviéramos en cuevas, y luego dedicamos cada planta de carbón, nuclear, gas, hidroeléctrica, eólica y solar a solo calentar el océano, tomaría unos 32,000 años impresionantes calentar el océano. solo esto 1˚C! 

En resumen, nuestra influencia en nuestro clima, incluso si realmente lo intentamos, ¡es minúscula! 

Por lo tanto, tiene sentido hacer la pregunta: si el océano se calentara por el 'calentamiento del invernadero' de la atmósfera, ¿qué tan caliente tendría que calentarse el aire? Si todo el océano se calienta a 1 ° C, ¿cuánto tendría que calentar el aire para contener suficiente calor para hacer el trabajo?

Bueno, desafortunadamente por cada tonelada de agua solo hay un kilogramo de aire. Teniendo en cuenta las capacidades de calor relativas y las masas absolutas, llegamos a la asombrosa cifra de 4.000 ° C. 

Es decir, si quisiéramos calentar todo el océano a 1 ° C, y quisiéramos hacerlo calentando el aire sobre él, tendríamos que calentar el aire a unos 4.000 ° C más caliente que el agua. 

Y otro problema es que el aire se asienta sobre el agua: ¿cómo se calienta el aire caliente profundamente en el océano? Incluso si la superficie se calentara, el agua tibia simplemente se sentaría encima del agua fría.


Por lo tanto, si el océano se estuviera calentando por el 'calentamiento de invernadero' del aire, veríamos un sistema con un enorme retraso térmico: para que el océano sea solo un poco más cálido, la tierra tendría que estar sustancialmente más caliente y el aire mucho más, mucho más cálido (para crear el gradiente de temperatura que facilitaría la transferencia de calor del aire al agua). 

Por lo tanto, cualquier calor medible en el océano estaría acompañado por una anomalía enorme y obvia en las temperaturas del aire, y no tendríamos que molestarnos en mirar la temperatura del océano. 

Entonces, si el aire no contiene suficiente energía para calentar los océanos o derretir los casquetes polares, ¿qué contiene?

La tierra está inclinada sobre su eje, y esto nos da nuestras estaciones. Cuando el hemisferio sur se inclina hacia el sol, tenemos más luz solar directa y más (días más largos). Cuando se aleja del sol, tenemos menos luz solar directa y menos (días más cortos). 

El resultado directo de esto es que en verano hace calor y en invierno hace frío. En invierno ponemos los calentadores en nuestros autos y en verano los aires acondicionados. En invierno, los casquetes polares se congelan y en verano 60-70% de ellos se derriten (unos diez millones de kilómetros cuadrados). En verano el agua es más cálida y en invierno más fresca (pregunte a cualquier surfista).

Todos estos cambios están determinados directamente por la cantidad de luz solar que obtenemos. Cuando las nubes se despejan y nos bañan a la luz del sol, no nos quitamos el jersey debido al 'calentamiento de invernadero' de la atmósfera, sino debido al calor directo causado por la luz solar en nuestro cuerpo. La influencia del sol es directa, obvia e instantánea. 

Si la enorme influencia del sol en nuestro clima es tan obvia, entonces, ¿por qué acto de locura miramos una variación de una fracción de un porcentaje en cualquiera de estas variables, y no miramos al sol como la causa? 


¿Por qué en la tierra (juego de palabras) atribuimos cualquier calentamiento de los océanos al dióxido de carbono , cuando hay un culpable mucho más obvio, y cuando un examen tan directo de la termodinámica lo hace imposible. 

PorDr. Mark Imisides , escritor invitado El 

Dr. Mark Imisides es un químico industrial con amplia experiencia en la industria química, que abarca fabricación, gestión de laboratorio, análisis, gestión de residuos, productos peligrosos y química doméstica. Actualmente tiene un perfil de medios en el periódico The West Australian y en Today Tonight. Para ver una muestra de su trabajo, visite www.DrChemical.com.au


FUENTE



Fuera mejor estuviéramos mas pendientes de los cambios en la actividad solar de nuestra estrella, vean aquí y lleven un seguimiento:

CLIMA ESPACIAL HOY, 

(ACTUALIZACIÓN DIARIA)











viernes, 2 de febrero de 2018

Las dos tácticas para convencer de que el cambio climático no existe

Durante años, la industria del tabaco las usó para enturbiar un debate que estaba claro: el tabaco mata. Ahora está pasando lo mismo con las emisiones de efecto invernadero. Una de las dos estrategias, que no requiere mentiras ni ir en contra de la ciencia, resulta altamente eficaz



  • por Emerging Technology From The Arxiv | traducido por Naia Hernando
  • 25 Enero, 2018

En la década de 1950, a los profesionales sanitarios les empezó a preocupar que el tabaco provocara cáncer. Después, en 1952, la popular revista Reader’s Digest publicó un artículo titulado Cáncer por cartón, en el que reflejaba qie cada vez había más pruebas que lo demostraban. El artículo dejó en shock y acaparó una gran atención mediática. Hoy en día los peligros del tabaco sobre la salud están claros y nadie tiene dudas sobre ellos.
Sin embargo, las prohibiciones tardaron mucho en entrar en vigor. De hecho, la mayoría tuvieron lugar unos 40 años después del artículo de Reader’s Digesto, o incluso más tarde.
Las razones de este retraso son fáciles de ver en retrospectiva y han sido descritas en detalle por Naomi Oreskes y Erik Conway en su libro de 2010 Merchants of Doubt. En él, los autores explican cómo la industria del tabaco contrató a una empresa de relaciones públicas para crear controversia en torno a las pruebas y generar dudas sobre su veracidad.
Juntas, las empresas de tabaco y la empresa de relaciones públicas crearon y fundaron una organización llamada el Comité de Investigación de la Industria del Tabaco (TIRC, por sus siglas en inglés) para fabricar resultados y opiniones que contradijeran el hecho de que fumar mata. Esto dio lugar a una falsa incertidumbre y retrasó los cambios políticos que iban a destrozar sus ventas.
La estrategia tuvo un gran éxito en aquel momento. En el libro, los autores señalan que esta misma estrategia se está utilizando para manipular los debates sobre cambio climático. Una vez más, el consenso científico es claro e inequívoco pero el debate público se ha enturbiado deliberadamente para crear una sensación de incertidumbre. De hecho, según Oreskes y Conway, algunas de las personas que idearon la estrategia del tabaco también trabajaron para debilitar los argumentos del cambio climático.
Esto platea una cuestión importante: ¿cómo de fácil les resulta a los grupos de presión distorsionar la percepción pública de la ciencia?
Esa es la pregunta que intentan responder el investigador de la Universidad de California en Irvine (EE. UU.) James Owen Weatherall  y algunos compañeros. El equipo ha desarrollado un modelo informático que refleja cómo se crea el consenso científico y cómo influye en la opinión de los responsables políticos. El equipo estudió lo fácil que resulta distorsionar esa visión y, según sus resultados, en la actualidad es mucho más fácil manipular la percepción de la ciencia con técnicas aún más sutiles que las que utilizó la industria del tabaco.
La estrategia original del tabaco incluía varias líneas de acción. Una de ellas consistía en financiar investigaciones afines a la industria para después publicar únicamente los resultados que encajaban con su discurso. "Por ejemplo, en 1954 el TIRC distribuyó un panfleto a casi 200.000 médicos, periodistas y políticos, titulado Una Perspectiva Científica a la Controversia de los Cigarros. El texto subrayaba las investigaciones favorables a la industria y cuestionaba los resultados que apoyaban la visión contraria", explican los investigadores, quienes denominan a esta estrategia como producción sesgada.
Otra estrategia consistía en promover investigaciones independientes que apoyaban el punto de vista de la industria de tabaco. Por ejemplo, se defendió una investigación sobre la relación entre el asbesto y el cáncer de pulmón porque demostraba que hay otros factores pueden causar cáncer. Weatherall y su equipo llaman a este enfoque difusión selectiva.
El equipo ha analizado qué influencia tuvieron ambas estrategias sobre la opinión pública. Para ello, han utilizado un modelo informático que refleja cómo los procesos científicos influyen en la opinión política. Este modelo incluye tres tipos de actores. El primero, son los científicos que llegan a un consenso a través de experimentos, los cuales permiten que sus resultados y los de sus compañeros influyan en su propia opinión.
Cada científico comienza con el objetivo de decidir, dadas dos opciones, qué teoría es mejor. Una de estas teorías se basa en "el modelo A", bien entendido y conocido al menos el 50 % del tiempo. Esto crea la Teoría A. En cambio, la Teoría B se basa en una acción que no se entiende bien. Los científicos no están seguros de si es mejor que A o no. No obstante, se crea un modelo para que la Teoría B acabe siendo mejor.
Los científicos pueden hacer observaciones de acuerdo a su teoría, y los resultados de estas observaciones se ajustan a reglas probabilísticas. Así que incluso aunque la teoría B sea la mejor, algunos resultados respaldarán la teoría A.
Al comienzo de la simulación, a los científicos se les clasifica al azar en la teoría A o B. Por ejemplo, un científico con una credibilidad de 0,7 considera que hay un 70 % de probabilidades de que la teoría B sea correcta y por lo tanto utiliza la teoría B en la siguiente ronda de experimentos. Tras cada ronda de experimentos, los científicos actualizan sus opiniones a partir de los resultados de sus experimentos y los de los científicos de su red. En la siguiente ronda, repiten este proceso y actualizan sus creencias una vez más, y así una y otra vez. La simulación finaliza cuando todos los científicos creen en una teoría o en la otra, o cuando la creencia en una teoría alcanza un nivel de umbral. De esta manera, los investigadores simulan cómo los científicos llegan a un consenso.
¿Cómo influye este procese en los políticos? Para averiguarlo, Weatherall y su equipo introdujeron un segundo grupo de personas en el modelo, los políticos, quienes están influenciados por los científicos (pero no al revés). Fundamentalmente, los políticos no escuchan a todos los científicos, solo a algunos de ellos. Los políticos comienzan con una opinión y la van actualizando después de cada ronda, utilizando las opiniones de los científicos a los que escuchan.
Finalmente entra en juego el factor de la propaganda, capaz de influir en la opinión de los políticos. Así que los investigadores incluyen este tercer actor. El manipulador observa a todos los científicos y se comunica con todos los políticos para convencerles de que la peor teoría es la correcta (en este caso, la teoría A). Para ello, buscan opiniones que sugieren que la teoría A es la correcta y las comparten con los políticos.
El propagandista puede trabajar bajo dos estrategias: la producción sesgada y la difusión selectiva. Con la primera, utiliza un equipo de científicos propios que fabrican resultados que favorecen la teoría A. En la segunda, el se limita a elegir los resultados de  científicos independientes que favorecen la teoría A.
Los dos tipos de manipulación pueden crear un gran impacto. De hecho, según los investigadores, ambas son igual de efectivas. La investigación detalla: "Hemos descubierto que la presencia de un solo propagandista que se limita a difundir resultados reales de científicos puede tener una asombrosa influencia sobre las creencias de los políticos. En muchas situaciones vemos que mientras la comunidad científica converge en creencias verdaderas sobre el mundo, los políticos adoptan certezas basadas en creencias falsas".
Y todo esto sin mala praxis ni fraudes, simplemente se trata de elegir qué resultados reales les convienen más. De hecho, los propagandistas ni siquiera necesitan utilizar científicos internos para respaldar ideas concretas. Cuando hay una variación natural de los resultados de experimentos científicos imparciales, los propagandistas pueden tener una influencia significativa eligiendo los que respaldan su propia agenda. Además, se puede realizar con muy poco riesgo porque todos los resultados que eligen son ciencia "real".
Este hallazgo tiene implicaciones importantes. Quiere decir que cualquiera que quiera manipular la opinión pública e influir sobre los políticos puede conseguirlo con trucos relativamente sutiles.
De hecho, no sólo los grupos de presión pueden alejar a los políticos del consejo científico. Los investigadores destacan que los periodistas científicos también seleccionan los resultados que más les interesan. Los reporteros normalmente tienen presión para encontrar las historias más interesantes, atractivas o divertidas y esto sesga lo que ven los políticos. Sin embargo, no está claro cuánto peso tiene este fenómeno en el mundo real.
El hallazgo principal del equipo tendrá consecuencias profundas. La investigación continúa: "Uno podría pensar que crear ciencia sesgada influyera más en la opinión pública. Pero en muchos sentidos, la estrategia menos invasiva y más sutil de la difusión selectiva resulta más eficaz de la de la producción sesgada".
El trabajo también tiene implicaciones para la propia naturaleza de la ciencia. La difusión selectiva sólo funciona dada la amplia variedad de resultados de ciertos tipos de experimentos, especialmente en estudios pequeños y con pocos datos. Este es un problema muy conocido y la solución está clara: estudios más grandes y profundos. Los investigadores sentencian: "Con sus recursos financieros fijos, los organismos de financiación deberían asignarlos a unos pocos estudios muy bien diseñados". Sugieren que los científicos deberían recibir incentivos por producir este tipo de investigaciones. "Por ejemplo, los científicos deberían recibir más reconocimiento por resultados estadísticamente más sólidos, incluso en los casos en los que sean nulos", añaden.
Esto haría que a los grupos de presión y manipuladores les costara más encontrar resultados falsos para distorsionar las opiniones. Sin embargo, dado el enorme poder de la difusión selectiva, la cuestión es: ¿quién utilizará mejor las conclusiones de este estudio para su propio beneficio: los propagandistas o los científicos/políticos?
Ref: arxiv.org/abs/1801.01239: How to Beat Science and Influence People: Policy Makers and Propaganda in Epistemic Networks

domingo, 2 de noviembre de 2014

Cambios en la órbita terrestre pueden provocar subidas y bajadas en el nivel del mar

Existe una relación directa entre pequeñas modificaciones en dicha órbita y la estabilidad del casquete oriental de la Antártida, revela un estudio del CSIC


Científicos del CSIC han descubierto que existe una relación directa entre los cambios de la órbita terrestre y la estabilidad del casquete oriental de la Antártida. Más concretamente, según datos obtenidos, procesos climáticos naturales y pequeñas modificaciones en la órbita terrestre podrían provocar subidas y bajadas del nivel del mar de decenas de metros.



Un equipo liderado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha descubierto que existe relación directa entre los cambios de la órbita terrestre y la estabilidad del casquete oriental antártico, concretamente en el margen continental de la Tierra de Wilkes (Antártida Oriental). En el estudio, que se publica en la revista Nature Geosciences, han participado 29 científicos de 12 países. 

Este trabajo se basa en el análisis de sedimentos marinos que fueron transportados por icebergs hace entre 2,2 y 4,3 millones de años, y que se han recogido durante una expedición del Integrated Ocean Drilling Program. 

Los datos obtenidos revelan que procesos climáticos naturales pueden aumentar la respuesta de los casquetes polares ante cambios de energía relativamente pequeños derivados de las modificaciones en la órbita terrestre; pudiéndose producir subidas y bajadas del nivel del mar de decenas de metros. 

El estudio muestra que hace 2,5 millones de años, cuando las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera eran similares a las actuales, el deshielo del casquete oriental antártico era generalizado. 

“Este trabajo ayuda a resolver el misterio de cómo contribuye la órbita de la Tierra alrededor del Sol en la estabilidad de los casquetes de hielo”, explica la investigadora del CSIC Carlota Escutia, del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra, que ha liderado la expedición, en un comunicado del Consejo.


Los gases de efecto invernadero 

“Las emisiones de gases de efecto invernadero suponen, sin embargo, una aportación energética mucho mayor que la proporcionada por los cambios en la órbita terrestre”, apunta Escutia. 

El análisis de los sedimentos muestra que la estabilidad del mayor casquete de hielos terrestre está influenciada por la presencia de la banquisa de hielos en los océanos que rodean la Antártida. 

La banquisa es agua de mar helada que forma un escudo protector alrededor del continente y de los casquetes de la Antártida, y es susceptible al calentamiento de los océanos generado como consecuencia del aumento de los gases de efecto invernadero. “La desaparición de la banquisa puede traducirse en un deshielo de los casquetes y en subidas del nivel del mar de varios metros”, añade Escutia. 

Hace millones de años, bajo condiciones de concentraciones de dióxido de carbono altas (como las actuales) y temperaturas del océano un poco más elevadas que las que se registran en la actualidad, los océanos que rodean a la Antártida no pudieron sostener la banquisa. 

Según destaca la investigadora del CSIC, “la desaparición de este escudo protector permitió que las corrientes oceánicas arrastradas por los vientos penetraran hasta la base de los casquetes, produciendo su deshielo”. 

El estudio plantea un potencial deshielo generalizado del casquete oriental antártico en el futuro si no se reducen los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera.

Referencia bibliográfica: 

M. O. Patterson, R. McKay, T. Naish, C. Escutia, F. J. Jimenez-Espejo, M. E. Raymo, S. R. Meyers, L. Tauxe, H. Brinkhuis, IODP Expedition 318 Scientists. Orbital forcing of the East Antarctic ice sheet during the Pliocene and Early Pleistocene. Nature Geosciences (2014). DOI: 10.1038/NGEO2273.

FUENTE