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domingo, 5 de julio de 2015

JERUSALÉN, LA CIUDAD MALDITA. Jerusalén: Altar de Sacrificios

Para recordar SIEMPRE mientras estemos aquí.

Y feliz dominguito... ¿ya fuistes a misa?



A propósito a mi no me reclamen nada si algo no les gusta de lo que leen aquí, solo he copiado y pegado.




JERUSALÉN, LA CIUDAD MALDITA

por Julio César Millán Barco

Los últimos acontecimientos en Oriente Medio, el  resurgimiento del terror  religioso en contra de la vida humana, nos hacen  pensar de donde surge esa ridícula pretensión de Jerusalén como Tierra Santa. Esta región parece destinada a sufrir los embates crueles de la intolerancia y la  irracionalidad. Es en verdad una tierra maldita.  Sobre ella ha caído la maldición del surgimiento de una de las peores  ideologías que más desastres> le han traído al ser humano: el monoteísmo.
 “Yo soy  el Señor tu Dios, un  Dios celoso”, se jactaba Yahvé en la Biblia.

 Esta idea de un dios único proveniente de individuos racistas que forjaron los principales libros de la Biblia, se ha extendido como una plaga en la conciencia de los seres humanos.

 En Jerusalén, Salomón construyó su famoso Templo para vivir cómodamente con sus 1000 mujeres a costa de la explotación de su pueblo. En esta ciudad se ha ubicado históricamente el mito cruento e inhumano del dios-hombre solar sacrificado por los pecados de la humanidad.

En Jerusalén, se supone que el propulsor de la guerra santa Mahoma, luego de haber asesinado a los infieles que se le oponían, subió al cielo para disfrutar de todas las mujeres vírgenes que Alá le había prometido. Las tres religiones monoteístas más difundidas en el mundo aseguran cada una para sí y de manera excluyente poseer el título de propiedad de una tierra desértica sobre la cual se han moldeado las fantásticas historias de sus mitos.

Para los judíos, Jerusalén es indivisible, ni un sólo metro cuadrado puede pertenecerle a los musulmanes, apenas si pueden compartirlo con los cristianos, con quienes parece que ya se cansaron de pelear y de quienes han aprendido a aceptar como históricas las narraciones del fanático predicador apocalíptico Jesús. 

¿Qué clase de ideología puede hacer que una adolescente se inmole en un supermercado?

 ¿Mártir o kamikaze, cómo puede una religión corromper el cerebro humano hasta llevarlo a semejante monstruosidad?
 Vemos en esta Semana Santa alrededor del mundo se le rinde culto al derramamiento de sangre, se azotan en la Costa Atlántica, se crucifican en Filipinas, se hacen explotar en Israel. Cientos de personas van detrás de la estatua de yeso de un hombre muriendo de la forma más cruel.

¿Qué clase de acciones podemos esperar de una mentalidad corrompida por tal superstición?

 Dejamos atrás los tiempos de tolerancia como cazadores recolectores en que se practicaba el amor al poder fecundo de la Tierra por estos diosesmachos, que levantan la espada como un pene erecto orgulloso de su virilidad.

Una de estas religiones destruyó la maravillosa cultura pagana, llena de misterios y de amor por la investigación científica y nos introdujo en la  Edad Oscura de la represión y el terror inquisitorial. En la Antigua Roma, cada quien le rendía culto a la  divinidad que prefiriera, el Estado rara vez iniciaba persecuciones contra alguna religión en particular, por más que la propaganda cristiana quiera decirnos lo contrario. Por cada cristiano que mató el Imperio Romano Pagano, el Imperio  Romano Cristiano mató a cien cristianos.

Jamás tuvieron una fe única y pretendieron establecerla persiguiendo a quienes también se consideraban cristianos y por supuesto a paganos y judíos. Pretendieron unificar el imperio bajo el lema: “una sola fe, un sólo imperio”  y apenas medio siglo después sucumbieron ante las invasiones bárbaras.
Deberíamos esperar 1500 años más para que en el Nuevo Mundo, librepensadores como Tomas Jefferson, establecieran los principios de la separación religión estado y la libertad total de cultos.

¿Y qué obtuvieron como resultado?
La promoción sin límites de la espiritualidad, el progreso basado en la tolerancia, la constitución de un Estado democrático fuerte que era capaz de mantener las libertades de su pueblo, precisamente porque no intentaba restringirlas, por más que hoy derechistas católicos y fundamentalistas deseen acabar con esas libertades que justamente les han permitido crecer.

Cuando los fanáticos religiosos monoteístas Ariel Sharon y George Bush se posaron en los dos de los poderes más importantes del mundo, y cuando Wojtyla proclamó su Dominus Ieosus (todo ésto en cambio de milienio) no podíamos más que esperar el renacimiento de los fundamentalistas y su terror: la intifada, los bombardeos sobre Cisjordania, el WTC, los ataques con ántrax a las clínicas de planificación familiar.
Siempre en el nombre del pensamiento único: "El enemigo es Satán". ¡E  imaginar que en nombre de Satán, sólo se matan unos cuantos gatos al año!

 Hoy asombrados vemos que toda la teconología y el avance científico que hemos logrado no nos sirven de mucho hasta que la idea de tolerancia y de aplicación de la justa razón, permee todos los sectores de nuestra sociedad global.

Es más, se han vuelto más peligrosos al  poner en manos de fanáticos religiosos los medios de destrucción masiva. El poder para autodestruirnos ha aumentado por millones, el poder para hallar posiciones intermedias y reconciliarnos no ha llegado ni a ser cien veces de lo que era hace 50 años.

 ¿Y por qué?
Porque aún resuenan en nuestras conciencias y en las conciencias de nuestros niños al autor del desastroso pensamiento único decir:

 “Yo soy el único dios”
 “Sólo hay una  iglesia”
 “Sólo los circuncisos (bautizados, renacidos, lo que sea) serán salvos”

FUENTE