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sábado, 22 de noviembre de 2014

SOBRE LA PRÁCTICA DE SEPULTAR EL CORAZÓN POR SEPARADO

¿Porqué será tan importante el corazón humano?, hoy sabemos que tiene neuronas y una potencia electromagnética mucho mas grande que nuestro cerebro humano, VER AQUÍ.  ¿Porqué será que casi todos los grandes místicos hacían tanto énfasis en el corazón?



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SOBRE LA PRÁCTICA DE SEPULTAR EL CORAZÓN POR SEPARADO

La lista de diminutas criptas de corazones es una fascinante historia cultural que advierte como el cerebro desplazó al corazón.

No es muy claro dónde surgió primero la idea de que el corazón es el asiento de las emociones; el lugar del que mana el cariño y al que llega el dolor amoroso. Pero en el antiguo Egipto ya se usaban expresiones que incorporaban la palabra ib (“corazón”) para “felicidad”, como Awt-ib (literalmente “grandeza de corazón”), o Xak-ib para “separado” (literalmente “truncado del corazón”).

Muchos filósofos y científicos clásicos, incluyendo a Aristóteles, consideraban al corazón como el trono del pensamiento, la razón o la emoción. Tiene sentido pensar que, si el pecho es la zona del cuerpo que primero se estremece, si el dolor es una opresión torácica y la alegría un henchir de pecho, el corazón es el órgano de las emociones. Tanto la respiración como el pulso son procesos contingentes a la vulnerabilidad de existir.

Producto de este acuerdo tácito universal, hoy en día enviamos símbolos de corazones a nuestras personas queridas (lo cual es una reproducción inconsciente de la iconografía barroca de las flechas de Cupido). Pero la realeza europea alguna vez mandó su corazón real a los suyos. La sepultura de corazón tuvo su punto culminante en la moda de los siglos XII y XIII.

La costumbre de la sepultar por separado el corazón de una persona, derivó, en parte, de las practicidades del entierro dentro de iglesias. Para evitar que los cuerpos hedieran, estos eran embalsamados, y el embalsamamiento conllevaba evisceración. El corazón era removido del cuerpo, pero también los intestinos y otros órganos internos. Sin embargo, esta tendencia coincidió con las campañas militares de la Edad Media, como las cruzadas, donde la gente muchas veces moría lejos de casa y, en lugar de mandar todo el cuerpo de regreso, mandaban el corazón, preservado en plomo o en cajas de marfil, muchas veces marinado en especias para que no apestara demasiado.

Fueron los reyes y los poetas los que más gozaron de esta romántica forma de sepultura. El corazón de Ricardo I de Inglaterra –cuyo apodo, “Corazón de león”, se rumora que viene de haber arrancado y consumido el corazón de un león para obtener su coraje– fue enterrado en Rouen, Francia. El corazón permaneció allí de 1199 hasta que fue exhumado en 2012 y analizado por científicos. Y mientras no pudieron averiguar mucho sobre su muerte, encontraron bastante sobre el embalsamamiento de corazón: en el órgano había incienso, especies, vegetales, mirlo, margaritas, menta, e incluso un poco de mercurio.

La lista de diminutas criptas de corazones en la Edad Media sería un estudio monumental en sí mismo, pero la costumbre no acabó allí. Si brincamos al siglo XVI, vemos una de las sepulturas de corazón más escalofriantes de la historia. La estatua de un cadáver en descomposición –que representa a René de Chalón, príncipe de Orange– estira su brazo derecho hacia los cielos con su corazón original en la mano. Desgraciadamente la reliquia fue robada durante la Revolución Francesa, pero la terrorífica estatua permanece, solo que ahora sostiene un facsímil.

Conforme avanzaron los tiempos, esta costumbre fue cada vez más esporádica, pero aun hizo apariciones hasta el siglo XX. La idea de guardar el corazón –ese órgano antológico, esa pieza de museo– de un ser querido, era comparable a tener toda su virtud encarnada. El corazón del gran poeta Thomas Hardy, por ejemplo, está enterrado en el cementerio de St. Michael, en Dorset, mientras sus cenizas están en Westminster Abbey. La leyenda cuenta, sin embargo, que el cirujano que extrajo el corazón del poeta en 1928 lo guardó en una lata de galletas, y su gato lo encontró y lo devoró. Se dice que el corazón del gato está enterrado en Dorset en lugar del de Tomas Hardy. Y desde entonces, la lata de galletas que temporalmente guardó el corazón de Hardy tiene la imagen de un gato con un pájaro en el hocico.

Ejemplos tan extraños como este hay muchos (como el del poeta Percy Bysshe Shelley, que su esposa Mary Shelley guardó en una bolsa de seda en su escritorio hasta que murió), pero quizá lo más interesante sea ver cómo han cambiado las cosas. En los tiempos que corren el corazón ya no es ese símbolo de virtud y esperanza que fue en siglos pasados. Desde que la ciencia descubrió que uno no siente con el corazón sino con el cerebro (y por lo tanto con todo el cuerpo), el cerebro es el órgano mítico por excelencia. Y no solo por que el cerebro “siente”, sino porque la inteligencia se convirtió en la virtud más poderosa del hombre.

Einstein y Walt Disney, por mencionar dos paradigmas, legaron su cerebro a la ciencia como si se tratara de una maquinaria insólita que un día se va a poder comprender. La cualidad épica que alguna vez tuvo el órgano del corazón hoy ha sido relevada por la compleja cualidad eléctrica del cerebro. No cabe duda que este fenómeno corazón/cerebro sugiere mucho más de lo que revela.



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