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viernes, 28 de febrero de 2014

¿Dónde van a morir los elefantes?






 
¿Dónde van a morir los elefantes?
 —Francisco Javier SANCHO MAS—

Quienes lo han visto, cuentan que es la imagen de una enorme dignidad, la fotografía de un honor que ya no existe. Si se tiene suerte, se dejan ver por las sabanas de África. Son los viejos elefantes, cansados o enfermos, que desde tiempo inmemorial siguen una ruta que sólo ellos conocen, una ruta que tienen que caminar completamente solos, como obedeciendo una ley secreta escrita en alguna parte. Quienes lo han visto cuentan que la soledad con la que avanzan a paso más lento aún del acostumbrado, provoca un respeto solemne que ningún otro animal puede provocar.

El viejo elefante, cuando siente que está cercana su muerte, abandona la manada en silencio y al atardecer, les mira por última vez y se va muy lejos por un camino que probablemente nunca hizo, pero que sabe hacer. Y ese es el misterio de los elefantes, y la maravilla de su memoria, precisamente por eso porque tienen memoria de algo que no han vivido. Dicen que existen lugares al que todos ellos van a morir en soledad. Es el cementerio de los elefantes, y hacia allá se dirigen como los pájaros siguiendo una ruta no aprendida, sino marcada en el instinto de la vida desde el mismo instante del nacimiento.
Con la trompa baja, quien sabe si recordando cada instante de los juegos en el río, de los baños de barro, de los apareamientos, de la manada, de la vida, caminan mirando los pasos que se van hundiendo en la tierra.

Algunos cazadores, confundiéndolos con ejemplares perdidos de su manada, les cortan el tránsito hacia el lugar donde tendrían que ir a unirse a sus ancestros, y se los llevan como trofeos de caza sin haber tenido conocimiento en ningún instante de la obra de arte real de vida y de muerte que estaban interrumpiendo. Ni siquiera podrían imaginar todo el poderío de esa imagen portentosa de saber aceptar el final de los días y asistir a un encuentro sereno con los otros que nos precedieron.

Igualmente es cierto, que hay otros cazadores que adivinan los pasos de esos elefantes solitarios, y tienen la piedad en el último momento de dejarlos marchar adonde van a morir una muerte propia. A pesar de la magnitud de estos animales, no es fácil encontrar los lugares donde van a morir, y se convierten en un misterio de leyenda. No quedan muchos elefantes, y aún menos los que se les haya dado el morir de esta manera sublime, así que hoy día encontrarse a uno de éstos camino de la muerte dicen que da buena suerte y larga vida al que los mira.
 
Y como los elefantes, los hombres y mujeres deberían tener el privilegio de morir de esta manera. Reza un dicho que uno muere como ha vivido. A veces esto no se cumple, y cada vez con más frecuencia. El mundo actual, que está a un paso de la esquizofrenia, no es terreno fácil para bien morir como tampoco lo es para bien vivir. Hace algunos días, contemplábamos las imágenes de Aljazeera en las que unos abuelos entraban en un hospital de Bagdad o de Basora ensangrentados. Eran personas con la piel arrugada por el tiempo, y ahora heridos de muerte por un misil americano, de esos que dicen que son proyectiles «desviados» y que no producen muertos sino «daños colaterales». A los pocos días, otra de las imágenes de pesadilla ofrecía algo de lo que todavía no he podido sobreponerme: una cantidad grande de trozos de cuerpos de niños, sin brazos, sin cabezas, sin vida que se amontonaban en una camioneta sin poder ser identificados ni tiempo para ser enterrados en una fosa común en cualquier parte.
 
El panorama fue tan dantesco que todavía hoy me cuesta creer que no fueran parte de mis malos sueños de estos tiempos de guerra. Y a la mañana siguiente desayuné con el rostro aguilucho de Bush diciendo desde una tribuna en Filadelfia y con una sonrisa siniestra que todos los esfuerzos desplegados eran por el derecho a libertad de los iraquíes. Los cuerpos de los ancianos y los niños cercenados son los efectos de esa libertad impuesta. Bush tendría que ver estas escenas a cada hora y en todos los rincones de la Casa Blanca para saber que sus juegos de guerra le van a producir fantasmas. El mundo de Bush es como en Macbeth una historia contada por un idiota lleno de ruido y furia que no significa nada. Y a Bush le sucederá como a Macbeth lo que las brujas le anunciaron: «Macbeth, no puedes dormir porque has matado el sueño».

Ahora que parece que la guerra de Irak está terminando porque ya no queda nadie que quiera luchar, y en previsión de que la desmedida obsesión de este presidente de Estados Unidos provoque otra guerra en otro pobre lugar, ahora que ya nos despertamos y vimos en el espejo cara a cara lo que hemos perdido, ahora que no hemos podido asegurar que todos los niños que nacen no se nos mueran por falta de medicinas esenciales, ahora que miramos como a los hombres les cuesta llegar a viejos con la malnutrición que existe en la América Latina y en el África y en el Asia, ahora que ya sabemos que el mundo está para servir a unos pocos, ahora precisamente debe ser el tiempo de reconstruir nuestra esperanza y asegurar un acuerdo entre naciones real y definitivo para permitir que la vida en la tierra sea algo más placentera y que un día la gente pueda morir con la misma dignidad de los elefantes viejos.
Debe ser por eso que quedan extasiados los que miran el espectáculo que mencionaba en las sabanas africanas, porque hoy es una suerte poder morir de esta manera. Al ser humano se le ha de permitir encontrar su propio camino para vivir, y por supuesto su propio camino para prepararse a morir con paso lento y preciso, con belleza, como en algún lugar está escrito. Es difícil pero se puede, como es difícil encontrar, aunque existen, los lugares misteriosos y recónditos donde van a morir los elefantes.


 

¿Cementerio de elefantes?

El cementerio de elefantes, de acuerdo con la mitología africana y el mito popular, era un mítico lugar ubicado en África en donde se creía que iban a pasar sus últimos días los elefantes moribundos. El lugar se buscó durante el siglo XIX por el supuesto marfil que se encontraría en aquel fantástico lugar.

De acuerdo con la hipótesis planteada por Rupert Sheldrake, parte del mito es verdad. La leyenda surgió a partir del hecho de que los esqueletos de elefantes se encuentran frecuentemente en grupos, cerca de fuentes de agua. Según Sheldrake, los elefantes con algún tipo de desnutrición buscan instintivamente este tipo de fuentes acuosas, con la esperanza de que el líquido les permita mejorar sus condiciones. Aquellos animales que no logran mejorar su condición, muestran niveles cada vez más bajos de azúcar en la sangre, y terminan muriendo cuando aún se encuentran en las proximidades del agua (y de las osamentas de otros elefantes).

El estudio de la conducta de los elefantes ante la muerte de sus congéneres ha revelado, por otra parte, que reaccionan claramente ante la situación llegando a acompañar o velar a los cadáveres
(continuará)



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