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 Iré añadiendo entradas que considere importantes en esta segunda etapa para mi de publicaciónes. 



sábado, 19 de mayo de 2012

Ciudad Blanca - Donde reina el Mono Dios - Débora Goldstern



Ciudad Blanca 
Donde reina el Mono Dios
Débora Goldstern©
 


El tres de setiembre de 1526, un atribulado Hernán Cortés escribía sus impresiones de América, al Emperador Carlos V. En esa misiva, más tarde conocida como Carta de Relación Nº 5, el conquistador hacía alusión a la existencia de una ciudad desconocida, y de la cual decía: 

“Por otra parte dolíame el ánima dejar aquella tierra en el estado y coyuntura que la dejaba, porque era perderse totalmente; y tengo por muy cierto que en ella vuestra majestad ha de ser muy servido y que ha de ser otra Culúa, porque tengo noticia de muy grandes y ricas provincias, y de grandes señores en ellas, de mucha manera y servicio, en especial de una que llaman Hueitapalan, y en otra lengua Xucutaco, que ha seis años que tengo noticia de ella, y por todo este camino he venido en su rastro, y tuve por nueva muy cierta que está ocho o diez jornadas de aquella villa de Trujillo, que pueden ser cincuenta o sesenta leguas. Y de ésta hay tan grandes nuevas, que es cosa de admiración lo que de ella se dice, que aunque falten los dos tercios, hace mucha ventaja a esta de México en riqueza, e iguálale en grandeza de pueblos y multitud de gente y policía de ella. Estando en esta perplejidad, consideré que ninguna cosa puede ser bien hecha ni guiada si no es por mano del Hacedor y Movedor de todas, e hice decir misas y hacer procesiones y otros sacrificios, suplicando a Dios me encaminase en aquello en que él más se sirviese” 


Hueitapalan –Xucutaco, que en el antiguo idioma nahuatl –maya, significa Ciudad Blanca, se creía rivalizaba en majestuosidad con las antiguas metrópolis mexicanas del tiempo anterior a la conquista. La leyenda señalaba a la impenetrable mosquitia hondureña como su lugar de origen, que custodiaría aquellas ruinas míticas, también conocida por los locales como Kaha Kamasa, ciudad del Mono Dios.

La segunda referencia sobre esta misteriosa ciudad tiene lugar 18 años más tarde, a través de la pluma del Obispo Cristóbal Pedraza, que en “Relación de la Provincia de Honduras” (1544) escribe: que “desde la cima de una montaña él pudo observar un ventajoso punto” (mirador), donde describió “un extenso establecimiento indio desconocido, en un plano terreno cerca de la cuenca de los ríos Sico y Negro”.

Claro que las noticias sobre Ciudad Blanca se remontan, mucho antes de la llegada de los conquistadores, ya que la legendaria ciudad, es parte importante de la historia de los indios Pech[1], quizás una de las etnias más antiguas del territorio hondureños.

Según relatan los Pech más ancianos: “Hace unos 500 años llegaron a la Mosquitia al área del Rió Plátano unos seis mil colonos provenientes según nos han dicho de lugares de lo que hoy conocemos como Sur América. La primera colonia fue fundada en un lugar que nosotros llamamos Chilmeca, localizada cerca de "CASA BLANCA". Nuestros mayores nos relatan que ellos nacieron y crecieron en una ciudad labrada en piedras blancas y que por eso le llamaban casa blanca, de boca en boca por cientos de años se ha creado esta historia de "LA CIUDAD BLANCA”. “Esta fue construida por los Dioses, que transformaron gigantes piedras en diversas figuras, anímales salvajes y gigantes artefactos de procesar granos (piedras de moler), al preguntárseles a estos ancianos que fue lo que pasó con esta ciudad, que porque no se pueden encontrar sus ruinas y el lugar de su asentamiento, ellos dicen que la causa de todo se inició cuando un indio Tawaka abandonó esta ciudad por haber sido discriminado por la comunidad que allí vivía, él conjuro un "maleficio" contra la ciudad y sus habitantes. Poco tiempo después empezó a suceder toda clase de calamidades, plagas y toda clase de catástrofes, el pueblo (los Pech) entendieron de que ya no podían seguir viviendo allí y que tenían que emigrar a otro lado, y es lo último que ellos han escuchado por medio de los relatos hablados de sus antepasados de esa ciudad”.

Sin embargo, detrás de la aparente leyenda hay fuertes indicios que indican que Ciudad Blanca, es mucho más que un simple mito indígena. Un artículo de 1927, de la Sociedad de Americanistas de París, consagrado a los Pech, brinda detalles harto sugerentes.

“En esta parte de Honduras se cree que en la margen del Río Plátano, en su curso superior, existen ruinas muy importantes que fueron descubiertas por un “hulero”, hace unos veinte a 25 años, cuando éste se había extraviado en el monte entre los ríos Plátano y Paulaya. Dejó este hombre una descripción fantástica de lo que vio allí. Eran las ruinas de una ciudad importantísima con edificios blancos de piedras parecidas al mármol, ceñida por una gran muralla del mismo material. Poco después este ladino se fue de la Mosquitia y nadie sabe lo que se ha hecho de él. Un viejo saurín paya dijo entonces que el diablo le había matado por haberse atrevido a de contemplar este sitio prohibido, del cual este indio tenía noticias de su predecesor. Por motivo de sus edificios blancos este lugar fue conocido con el nombre de “Ciudad Blanca”. Pocos años después un mulato, quién andaba “cateando” en los pequeños afluentes izquierdos del Río Plátano, pretendió haber dado con estas ruinas; pero días después de haber contado esto, él se ahogó en el río y los indios atribuyeron su muerte al enojado el diablo. Por más diligencias que hagan ladinos y extranjeros para conseguir un guía, nunca hayan hallado un Paya que les conduzca a estas ruinas. Los indios dicen todos que no conocen y aún que todo esto es un mito, pero los otros moradores de la Costa, afirman que no quieren enseñarlas a otros estas ruinas por miedo que entonces tendrían que morirse”.

 
Theodore Morde 

Luego de unos años de silencio, la historia de Ciudad Blanca retoma la luz pública en 1939, a través de Theodore Morde[2] un estudioso norteamericano, quién inspirado en el relato del Obispo Pedraza, emprende una expedición a la selva de la Mosquitia, en busca de la ciudadela perdida. Patrocinada por el Museo de los Indios Americanos de la poderosa Fundación Hayes de New York, la expedición se pasa cinco meses internada en la impenetrable Mosquitia. Después de innumerables peripecias, Morde declara a su regreso haber localizado Ciudad Blanca, que él creyó eran ruinas correspondientes a los antiguos Chorotecas, una etnia aún más antigua que los propios mayas. Según relató, pudo contemplar “un largo complejo con muchos edificios próximos a una blanca arenada, En la entrada estaba edificada una pirámide, la cual describe Morde con dos columnas a sus lados. En la columna derecha una imagen de una araña y en la izquierda la de un cocodrilo. En la parte superior de la pirámide esculpida en piedra, una estatua colosal de un mono con un altar, según Morde, para sacrificios antes hechos en el templo”. 

En su narración Morde omite el sitio de localización, justificando su decisión, en la depredación que pueda resultar de su conocimiento, y por sus propios deseos personales de seguir profundizando en tamaño descubrimiento. A pesar de la importancia del hallazgo, Morde se ve impedido de avanzar en sus investigaciones, ante la negativa de sus patrocinadores de financiar una nueva exploración hacia Ciudad Blanca. Este suceso lo obliga a marchar a Londres, con el fin de conseguir ayuda para poder continuar con sus investigaciones. Para convencer a sus nuevos interesados, Morde presenta algunas pruebas recogidas durante su estadía en la ciudadela, que le sirven de aval para obtener nuevos fondos. Pero el destino hace de las suyas, y Morde sucumbe en un “accidente de tráfico”. Tras el deceso de Morde, se esparcen rumores que señalan una mano oscura obstaculizando el descubrimiento.

Poco antes de su muerte Morde legó un extraño escrito donde daba cuenta de sus impresiones de Ciudad Blanca, y que tituló “Los Misterios de la Mosquitia Hondureña: La Ciudad del Mono Dios”. [3] 

Decía Morde:

Estoy convencido de que hemos encontrado el lugar en que estuvo en un tiempo la legendaria ciudad perdida del Mono-Dios, la antigua capital de los extintos Chorotegas, cuya civilización es quizá más vieja que la de los mayas y los aztecas. Los relatos que se refieren a este pueblo indio han despertado tanto el interés de los exploradores que muchos de éstos se han internado en las intrincadas selvas hondureñas en atrevidas investigaciones. Dimos con la ciudad después de Haber penetrado en el inexplorado territorio de la Mosquitia, donde la traicionera y tupida vegetación se extiende hasta las mismas márgenes de los ríos y donde la temida malaria, las mortíferas serpientes, los insectos dañinos y las fieras acechan donde quiera a cualquiera que se aventure más allá de la estrecha faja de tierra llamada Costa de la Esperanza Perdida, que bordea las hermosas aguas azules del Mar Caribe. Durante cinco meses, la expedición del Museo del Indio Americano de la Fundación Heyes de Nueva York, navegó impulsándose con remo o pértigas por los inexplorados ríos y arroyos que se precipitan en las altas cordilleras montañosas de Honduras. Navegando cientos de millas en piraguas y abriendo a filo de hacha y machetes senderos a través de la densa vegetación selvática llegamos, por fin, a las ruinas de la ciudad perdida del Mono-Dios.

En el lugar era ideal para una ciudad semejante. Las elevadas montañas formaban en fondo de la escena. Cerca de allí, una rápida catarata, hermosa como un vestido de refulgentes joyas, se precipitaba en el verde Valle de las ruinas. Las aves resplandecientes como gemas, revoloteaban de árbol en árbol y los monitos, asomaban sus hociquillos mirándonos con curiosidad desde el denso follaje que nos rodeaban. No puedo precisar de lo que he hecho la ubicación de la Ciudad del Mono-Dios porque, como ya he dicho, son muchos los que la buscan, atraídos por los relatos que hablan de tesoros, y nosotros queremos encontrarla intacta en nuestro próximo viaje, que será muy pronto. En esa ocasión, esperamos descubrir el Gran Templo y desenmarañar, entre otras cosas, el misterio del parecido de este prehistórico Mono-Dios americano con el Mono-Dios Hanuman, adorado desde hace decenas de siglos en la India.

Las hazañas de Hanuman se cuentan en el Ramayana, uno de los textos sagrados hindúes. Su gran templo se encuentra en Benarés, donde sus sacerdotes cuidan y alimentan a los monos sagrados. Sobre Hanuman y su poder se habla algo en la inolvidable obra de Rudyard y Kipling “La Marca de la Bestia”, la cual cuenta lo que sucedió al borracho Fleete cuando pego su tabaco encendido a la frente de la imagen en piedra roja de Hanuman y como, a una orden del sacerdote leproso, el beodo comió y lloró y corrió a gatas y despidió el mismo hedor de un leopardo hasta que se retiro la maldición. Hanuman es peculiarmente venerado en la India porque figuro de manera principal en las grandes batallas del héroe Rama, que era la octava encarnación de Vichnú, el Creador, y su bella esposa Sita. La hazañas de fuera y valor de Hanuman merecerán, en este mismo artículo, toda nuestra atención. Una reproducción de una lámina religiosa hindú muestra esta Mono-Dios llevando a lugar seguro, protegidos en su pecho, que se habían desgarrado para este fin, a Rama y a Sita.

El Mono-Dios americano tenía sus sacerdotes y quizás también sus sacrificios humanos. Las leyendas son bastantes explicitas en cuanto a esto. Pero sus monos ya no son adorados, a menos que la horripilante y misteriosa ceremonia llamada la Danza de los Monos Muertos, que describiré más tarde, sea un recuerdo tergiversado de aquella vieja forma de culto religioso. De acuerdo con las leyes cuya posible verificación era el propósito de nuestra expedición, la muy buscada Ciudad Perdida de Mosquitia fue en un tiempo clave de una civilización cuyo pueblo habitaba toda la región. Los indios no habían hablado de vastas ruinas hoy cubiertas por la selva. En sus mentes supersticiosas, era un sitio al que no debía irse; no obstante la cual, los indios más viejos describían algunas de sus características con detalles curiosamente explícitos, que decían haber conocido por los antepasados suyos que habían visto el lugar. Esto era así, especialmente en lo referente al Templo. Descubriríamos, según nos dijeron, una larga vía de acceso, escalonada, construida y pavimentada al estilo de las ruinas mayas que había en el norte. Efigies de monos labradas en piedra orlarían esta entrada.

El centro de Templo lo formaría un alto estrado de piedra sobre el cual estarían las estatuas del Mono-Dios, frente a la estatua, se encontraría el sitio de los sacrificios. Inmensas balaustradas flanquearían la escalinata hasta el estrado. Una de las balaustradas comenzaría con la colosal imagen de una araña y la otra con la figura también gigantesca de un cocodrilo. De labios de algunos viejos indios payas, la moderna tribu que vive ahora cerca de la región que explorábamos, conocimos las leyendas sobre el Mono-Dios que ellos se habían transmitido de generación en generación insistían ellos en que, a pesar de los mil o más años que hace que la vieja ciudad abandonada, se conservaba bastante bien. En la memoria de la tribu estaban bien fijas las principales características de sus maravillas. La Ciudad Perdida estaba habitada hace mil años o más por una antiquísima y avanzada tribu llamada de los Chorotecas. No se sabe si ellos mismos construyeron la ciudad o la arrebataron a algún otro pueblo más antiguo, ocupándola desde entonces. Tampoco se sabe mucho acerca de los Chorotecas, a excepción de lo que dicen algunos arqueólogos de que eran contemporáneos de los antiguos mayas y dominaban lo que hoy es el territorio de Mosquitia en Honduras, que entonces no se componía de pantanos y selvas, como ahora, sino de fértiles tierras.

Hábiles Constructores 

Hay otros que creen que los Chorotecas existieron antes que los Mayas y que fueron, quizás los precursores de las culturas maya y azteca, que florecieron en los que es hoy México, Guatemala y el norte de Honduras. Los Chorotecas eran muy hábiles en los trabajos de cantería, por lo que, para suerte de nosotros, erigían construcciones sólidas y perfectas. La Ciudad Del Mono-Dios estaba amurallada. Encontramos algunas de esas paredes en las cuales la magia verde de la selva había causado algunos daños, pero que, no obstante, habían resistido la avalancha de la vegetación. Seguimos uno de esos muros hasta llegar a unos montículos, que tienen toda la apariencia de haber sido alguna vez un gran edificio. Hay, efectivamente, varias construcciones que todavía están cubiertas por sus milenarias mortajas de tierra.

Sabemos que la Ciudad Perdida era de grandes proporciones y que, en su apogeo, debió haber tenido muchos miles de habitantes. Fueron las lluvias lo que puso fin a nuestra labor allí. Pero cuando cesen regresaremos y emprenderemos la ingente tarea de quitar la selva de encima de la ciudad. La primera tarea será el descroce y las quemas de varios cientos de acres del bosque. Solamente entonces podrán comenzar los verdaderos trabajos de excavación. Y a juzgar por la magnitud de los trabajos necesarios para limpiar las Ruinas de Copán, se necesitarán varios años para desenterrar la Ciudad Del Mono-Dios. Pero qué descubrimiento se harán durante esos años!

La danza de los monos muertos 
He hablado de la Danza de los Monos Muertos y de la posibilidad de que fuera un culto religioso pervertido que se celebraba en la Ciudad Perdida mucho antes de que el Nuevo Mundo fuera descubierto por Colón. Pues a nosotros se nos permitió asistir a una de estas fiestas enteramente macabras. Cualquiera que haya visto la cremación de los muertos en las riberas del Ganges, en la India, no olvidará jamás los desagradables escalofríos que causa el espectáculo del movimiento muscular de los cadáveres bajo la acción del fuego. Algunas veces, el cadáver se sacude y se estremece como si tuviera vida todavía, y otras se sienta, erecto a levanta un brazo rígido o encoge una pierna. En definitiva, es un espectáculo asaz horripilante. Y en los crematorios también los cadáveres se sientan algunas veces, o parecen tratar de escapar de sus ataúdes o hacen gestos que parecen suplicantes o amenazantes, cosas estas que no seria conveniente que la viesen los deudos. Pero todo esto es causado por el intenso calor sobre los músculos y los tendones. El cadáver está muerto como siempre.

Pues la Danza de los Monos Muertos es algo por el estilo y los movimientos de los cadáveres de los monos se deben a la misma causa. Sin embargo, hay algo indescriptiblemente diabólico en esta ceremonia y es que, después que termina la danza, los asistentes al festín se comen los monos. Es esto, posiblemente, lo que constituye la perversión de los que probablemente era antes un rito religioso. El nombre que los nativos dan al mono es urus, que traducido literalmente quiere decir “hijos de los hombres velludos”. Sus padres o antecesores son los ulaks, mitad hombre y mitad espíritu que Vivian en la tierra, caminaban erectos y tenían la apariencia de grandes y velludos hombres monos. Los indios del territorio de Mosquitia creen todavía hoy que estas criaturas habitan las altas tierras del interior y el sur de Honduras, porque la singular Danza de los Monos Muertos es su terror. Una vez en que nos aproximábamos a esta supuesta región de los ulaks, nuestros remeros nativos comenzaron a cuchichear entre si. El mestizo hondureño que nos servia de intérprete nos dijo que los indios no seguirían más adelante. Nos aproximamos a la región prohibida de los “hombres velludos”. Por nada del mundo quisieron seguir adelante. En seis horas hicieron una balsa y partieron en ella, impulsados por la corriente, dejándonos solos para que explorásemos y afrontásemos los peligros de la tierra de los ulaks. Durante varios días nos abrimos camino a través Del territorio selvático, pero nunca encontramos ni vestigios de los legendarios antropoides medio hombre.

El origen de la danza 
De acuerdo con los indios más viejos, la Danza de los Monos Muertos se originó en el hecho siguiente: Un día, tres de los hombres velludos que parecían grandes monos, entraron en una aldea indígena y raptaron a tres de las más hermosas jóvenes de aquel lugar, se llevaron a las muchachas a sus cuevas de las montañas, y las hicieron mujeres suyas. De aquellas uniones no se produjeron seres humanos o semi-humanos, sino los pequeños monos que los indios llaman urus. Y por eso es por lo que les llama a estos monitos “hijos de los hombres velludos”. Los indios actuales creen que la singular Danza de los Monos Muertos es un rito que se celebra en venganza del secuestro de las tres vírgenes. Efectivamente, sus gustos y sus gritos mientras comen los monos asados, indican más ensañamientos sobre el enemigo caído que un mero deleite gastronómico. Pero algunos tecnólogos que han presenciado la danza no creen que este sea el verdadero origen. El canibalismo religioso se ha practicado en todo el mundo y en todas épocas. Comiéndose el cuerpo del sacrificio, creían los salvajes consumir algo del espíritu que lo había animado. La carne era secundaria, por lo cual, lo Aztecas sacaban el corazón de los sacrificados y arrojaban a este por las escalinatas de las pirámides a los sacerdotes que los cortaban en pedazos y los distribuían entre los adoradores, a quienes servían de manjar.

Algunas veces, la unión con los dioses afectaba esta forma. En Méjico se elegía todos los años un joven físicamente perfecto para que fuese el dios Texcotlipoca hasta el próximo. Se le adoraba como un dios cualquiera, se le daban las más hermosas doncellas, podía tener y hacer todo lo que quisiera, menos abandonar su posición, Texcotlipoca era el dios del sol; su nombre significa “Espejo Humeante”. Después de un año de esta “vida regalada”, el joven era sacrificado y su cuerpo era consumido por los asistentes al sacrificio. Pero no se comía como alimento, así como la carne sagrada de una deidad. Los tecnólogos creen que este rito fue copiado a los Chorotegas y quizás un sacerdote determinado al igual que el azteca Tezcotlipoca, recibía su corte de beldades y hacia las veces del Mono-Dios. Al expirar su período, el sacerdote era sacrificado y devorado de la misma manera que lo era el joven que hacia de dios del Sol. Se cree que la versión de los indios modernos es tergiversada y apócrifa.

La caza de los monos 
De todos modos, cada vez que ocurre una de las periódicas migraciones de monos a través de las selvas de Honduras, los guerreros de los indios sumus atan unas uñas endurecidas al fuego en sus largas flechas de bambú y salen a matar urus. Cada hombre dispara a tres monos. Deberá usar solamente tres flechas. Si no vuelve con sus tres monos, ello será motivo de acre censura por parte de los otros miembros de la tribu. De esta parte, se supone que cada indio mate el equivalente de tres hombres velludos como los que raptaron sus tres vírgenes antepasadas. Mientras los hombres están ausentes, cazando su trío de simios, las mujeres de la tribu se preparan para la danza. Las mujeres más viejas, sobre todo aquellas que no tienen ya dientes, juegan un importante papel en este rito, pues su misión es hacer la “Misla”, que es una variedad muy fuerte de cerveza. Las viejas brujas hacen la misla masticando cazabe y hojas de un arbusto llamado snik. Después escupen el jugo de esta mezcla en enormes tinas en forma de canoas. Pronto se fermenta este líquido, convirtiéndose en una bebida de alto contenido alcohólico. Durante la danza, los nonos de la tribu sirven misla a los hombres. Las pequeñas doncellas se acercan a los hombres reclinados en sus hamacas y con solemne cortesía les entregan las jícaras con misla. Cuando los hombres de la tribu regresan con sus monos (cada uno con tres) se encienden grandes hogueras formando un circulo. Las antochas de pinos y las hogueras iluminan una grotesca escena.

El horripilante rito 
De su Watla – una cabaña típica india hecha con las hojas gigantescas de un arbusto Waja – sale el principal hechicero vestido para la ocasión. Se le llama el Dama Suk ya-Tara. No lleva más que un taparrabos, pero su cuerpo está profusamente rayado con yeso. Las franjas blancas resaltan a la luz de las hogueras. El collar-amuleto que cae sobre su pecho está confeccionado con pequeños cráneos de fetos de monos, dientes amarillos de los antepasados el hechicero, bolsas de veneno de las serpientes venenosas de la selva, largos dientes de cocodrilo y otros fetiches y símbolos ritualistas. En los dedos de las manos lleva, a manera de dedales, dientes de cocodrilos gigantescos, que se abren y se cierran, como muelas de cangrejo, cuando él gesticula. En la mano derecha lleva una larga flecha en la cual va empalado un gran mono-araña. El toque de los tambores se eleva en un crescendo y se detiene súbitamente cuando el Dama Suk-ya Tara alza los brazos y describe un círculo en el aire. Todos los presentes ya medios borrachos por la misla hacen un silencio absoluto. El Dama Suk-ya Tara se acerca a las hogueras a grandes pasos y a una señal una larga fila de cazadores sumus, adornados todos con sus plumas, preferidas de guacamayo, refulgente sus cuerpos por el aceite de coco, se aproximan también a las llamas. A otra señal, los broncíneos cazadores forman una gran círculo alrededor de los fuegos. Detrás de ellas se encuentran las mujeres y los hombres muy viejos ya para matar monos. Palabras de encantamiento salen de labios Del Dama Suk-ya Tara en una lengua desconocida para los indios. Para ellos, el hechicero habla a los espíritus. Comienza de nuevo el redoblar de los tambores y sus notas regulares e hipnóticas vuelven a llevarse. Entonces, abruptamente, vuelven a silenciarse los tambores, tan al unísono, que de la impresión de ser un solo instrumento el que sonaba.

Asando a los Monos 
El Dama Suk-ya Tara se inclina parsimoniosamente y coloca su flecha firmemente en el suelo cerca de la hoguera más grande de todas. Entonces, con abrupto gesto, se yergue y entierra profundamente en el suelo la vara en que está empalado el mono en grotesca posición. Uno a uno, todos los indios van hacia el mismo sitio y entierran allí una de sus flechas con el mono más grande que hayan cazado. Pronto todas las hogueras quedan rodeadas de monos empalados en las flechas, todas de frente a las llamas. Los hombres se retiran y, presa de ansiedad, se sientan todos en círculo. En seguida comienza la grotesca danza de los monos muertos. Aquel se retuerce una mano en macabro gesto. Aquel otro mueve un hombro y más allá otro hace atrás la cabeza con gesto violento. Otro levanta una pierna como impulsado por un resorte, o tuerce el cuerpo como si estuviera en un asador. Estos fantasmagóricos efectos producidos a la vez en cuarenta o cincuenta cadáveres de monos, a la luz de unas cuantas hogueras en plena noche selvática, nos darán una Idea aproximada de los que es la Danza de los Monos Muertos.

El festín 
Cuando ya ningún cadáver se mueve más, termina la danza y están completamente asados los monos. Cada sumu toma su flecha y sosteniéndola en alto, se aproxima al Dama Suk-ya Tara. Uno a uno se sitúan frente al hechicero, que está sentado con un largo tallo hueco de bambú en sus manos. Cada vez que se coloca un mono delante de él, el hechicero introduce el tubo de bambú por un ojo del animal y le chupa el líquido cerebral, esta operación, que los indios llaman beberles los pensamientos a los monos, puede hacerla solamente el Dama Suk-ya Tara. Después de que cada guerrero ha colocado sus tres monos ante el hechicero, toda la tribu come de los animales. Aunque las actuales tribus de Honduras – Los Mosquitos, Los Payas y los Sumus – no han conocido nunca el lenguaje escrito que pudiera haberles servido para perpetuar las hazañas de sus héroes ancestrales, como la poesía hindú del Ramayana, relata las hazañas de Hanuman, si tienen leyendas que son muy veneradas.

Una leyenda 
Una de las mejores es la historia de “El Ave Sagrada de los Chorotecas”. He aquí la leyenda tal como la cuenta “El Viejo Pio”, el más viejo de los indios payas que viven actualmente. Hace muchos años el gran dios Wampai de los Paya tenia la figura de un gran paya blanco superior. El era el mejor nadador, el mejor corredor y el mejor guerrero de toda la tierra. Wampai vivía en las montañas y tenía su refulgente palacio blanco cerca de los verdes picos. Altos muros blancos rodeaban el palacio y columnas como la leche, suportaban el techo. Un día, Wampai salió en busca de una esposa digna de su casa. En su búsqueda tropezó con una encantadora doncella rubia, llamada Oru, que le sedujo con su belleza, por lo cual él la requirió de amores. Se casaron, y así fue como oru se convirtió en la orgullosa reina de todos los Payas. Tan hermosa era oru que todos los Payas hablaban de su porte elegante, de su cuerpo juncal y de su dorada piel que brillaba como el maíz hecho o el plátano maduro. Hasta el Espíritu Maligno de los Payas, que Wampai había encerrado en las profundidades de la tierra, en el “Lugar Oscuro”, se antero de la belleza de Oru y la deseó. Tan feliz se sentía el dios Wampai con su magnífico palacio y su joven esposa que, lleno de benevolencia, permitió que el espíritu Maligno, que era un mentiroso viviera en su propia casa. Entre los Payas es costumbre aun actualmente, que todo hombre a quien un amigo le confía su esposa se convierte automáticamente en Hermano de sangre de este. Pese a que el dios Wampai sabía que el espíritu maligno era un mentiroso y completamente indigno de confianza confío en él. La leyenda dice que el espíritu maligno era un hombre apuesto y de haberlo sido, pues la reina Oru compartió con él su lecho a espaldas de su marido.

El castigo de Wampai 
Para facilitar el adulterio, el Espíritu Maligno puso en práctica un astuto ardid, haciendo que el dios Wampai saliera de cacería. Echó a rodar el rumor de que un raro antílope blanco como la nieve, andaba por aquellos contornos. Wampai, el gran cazador, debía salir en busca de tan preciada presa, pero el dios Wampai, al llegar al río que cruzaba cerca de su palacio, encontró que el habían robado su gran piragua y regresó a su casa, encontrando a su esposa Oru en brazos del Espíritu Maligno. Cuando el Dios Wampai sorprendió a su mujer in fraganti, su ira fue terrible. Su cólera retumbo de montaña en montaña, como el trueno, asustando a todos los habitantes del reino. Después de una terrible lucha, el dios Wampai logro arrojar de nuevo al Espíritu Maligno al “Lugar Obscuro”, advirtiéndole que jamás volviera a asomar el rostro a la superficie de la tierra. El dios Wampai pensó primero matar su esposa, como lo decretaba la costumbre, pero ella era tan hermosa que no se halló con valor para hacerlo. Así pues, resolvió convertirla en el ave Margarita, prohibiéndole que abandonara las montañas y el nacimiento de los ríos. Todos los años, al comenzar la estación de las lluvias, los truenos renuevan las advertencias del dios Wampi a su esposa y a su rival. Nuestra expedición capturo dos de esos pájaros Margarita, lo cual causo consternación entre los nativos, ya que esas aves son sagradas para ellos. Estos pájaros son bellos cuando, al extender sus alas al estilo de los pavos reales, el sol se refleja en ellas y produce tonos de oro, bronce y negro, que contrastan con el plumaje del cuerpo, un gris moteado.

Otra vez Hanuman 
Volvamos ahora a Hanuman el Mono-Dios de la Índia. En nuestros viajes por entre las tribus payas y sumus modernas que pueblan el territorio de Mosquitia en Honduras, hemos encontrado frecuentemente indios cuyas facciones.... Sus ojos son algo oblicuos y tienen los pómulos salientes, como los chinos y los hindúes. Es verdaderamente significativo que en un pueblo indígena americano, con estos rasgos orientales en sus rostros, el mono tenga todavía una importancia tan grande en sus ritos religiosos, puebla evidente de que sus antecesores choroteganos probablemente adoraban animales. Hanuman era en el Oriente una especie de Paul Bunyan, por sus asombrosas hazañas de fuerza y arrojo. Pero Hanuman recibió significación religiosa por ser hijo de una ninfa y de Vayu, el dios de los vientos. La vida del mono-dios se relata en las páginas de uno de los grandes libros sagrados de la India, el Ramayana, que habla de las hazañas y las aventuras del poderoso príncipe Rama. Como aliado de Rama contra las fuerzas del mal, Hanuman, y sus hordas de monos libraron innumerables batallas. Hanuman recibió una vez el encargo de buscar en las distintas montañas del Himalaya unas yerbas determinadas con qué curar las heridas que los guerreros habían recibido en la batalla librada para rescatar de los demonios malignos a la amada esposa de Rama, Sita, al reino de las estrellas. Adoptando un tamaño gigantesco, Hanuman anduvo de montaña en montaña hasta que llegó a aquélla en cuyas faldas crecía la yerba medicinal que él buscaba. Pero Hanuman registro en vano las faldas de las montañas en busca de las yerbas. Dándose cuenta de la urgencia con que se necesitaban las yerbas, arranco de cuajo la montaña y sosteniéndola en un mano, la llevó al médico que curaba los heridos, quien rápidamente encontró las yerbas y compuso con ellas la pócima con que salvo a sus pacientes.

Al mono dios Hanuman se le acredita también el haber creado la serie de islãs que se encuentran entre Ceilán y el continente y que son conocidas con el nombre de Puente de Rama. El demonio Ravana había raptado a Sita, la reina de las estrellas, cuyo amante el príncipe Rama, estaba tratando de rescatarla. Pero Sita estaba confinada en la isla de Ceilán, que está a sesenta millas del territorio continental. Para Hanuman, estas sesenta millas eran nada más que una buena zancada, por lo cual fue a la isla en cuestión a fin de cerciorarse de que allí tenían a Sita. Así lo comprobó y se informo a Rama, que esperaba en tierra firme. Rama reunió un ejército para atacar la isla, pero afronto un problema similar al que se le presentó a Hitler cuando pretendió atacar a Inglaterra desde el continente europeo. Con tal motivo, el primer paso de Rama fue realizar sacrificios al Dios del Océano, para que las aguas se retiraran y permitieran que su ejército marchara hasta la isla sin mojarse. Pero el Dios del Océano, surgiendo de las profundidades de las aguas, acompañado de algunas relucientes serpientes amarillas, se dirigió a Rama con gran respeto y pena para decirle que no podría permitir el paso de su ejército porque el océano, de acuerdo con antiquísimas leyes, no era vadeable. No obstante, recomendó a Rama que construyera un puente para poder llegar a la isla. Rama consultó al caso con Hanuman y Nala, hijo de Wishwakarma, el divino artesano. Pusiéronse todos a trabajar con una gran cantidad de hombres y en cinco días estuvo completa la cadena de islas que unen a Ceilán con el continente a través del estrecho de sesenta millas.

El ejército atacante de Rama, compuesto de grandes monos y osos, salto de isla en isla y pronto llegó sin encontrar oposición a la capital del perverso Rakshasa, el rey de quien Sita era prisionera. Rama se encaramó en los hombros de Hanuman y con un solo paso de este estuvieron en la isla uniéndose al ejército de aquél. El ejército del rey Rakshasa contra atacó montando en elefantes, leones, camellos, cerdos, hienas y lobos. Llevaban armas mágicas, así como flechas, mazas, lanzas, tridentes, espadas y vigas. El ejército de monos de Hanuman arrancaba árboles para servirse de ellos como armas y además arrojaba grandes penas para sobre el enemigo. Algunos de los componentes del ejército atacante empleaban sus largas uñas como espadas y sus enormes dientes como flechas. Ríos de sangre, dice la leyenda, corrieron, pero Rama no se atemorizo. Depositó su fe en los valerosos monos, pues sabía que todos eran reencarnación de los dioses. De la misma manera que la antiquísima Danza de los Monos Muertos, prevalece aún entre los modernos indios de la región de Mosquitia, en Honduras, muchas de sus otras costumbres actuales se derivaban de sus antepasados.

Una costumbre curiosa 

Entre los indios mosquitos es costumbre actualmente que si un hombre sorprende a su esposa entregada a otro, la perdone, pero que exija a su rival, como castigo, que le entregue una buena vaca. Si un hombre, al regresar de un viaje, sospecha de su esposa, la golpea hasta que esta confiesa. Entonces él no le presta más atención, y manda a decir al amante que espera recibir el pago de su multa en cierta fecha. El culpable jamás deja de cumplir lo que se le ordena, pues, de lo contrario, el marido burlado puede echarle veneno a su alimento o a su agua. A la sazón de nuestra visita a Honduras, las autoridades de una tribu afrontaron un delicado problema. Un marido burlado, que había reclamado la vaca que le correspondía por tal perjuicio hacia diez años, volvió a reclamar. Por medio de sus amigos, el marido se había enterado de que la vaca reclamada había tenido muchos terneros en el curso de aquellos diez años, por lo cual reclamaba ahora no solo la vaca sino también su prole. El problema propio para la sabiduría de Salomón estaba aún por resolverse cuando nosotros nos marchamos. Huelga decir que apenas podemos esperar a que pasen los meses que aun faltan para que volvamos a entrar en la ciudad del Mono-Dios y comencemos a desenterrar la riqueza arqueológica de otra clase que pueda existir allí”.

El relato en sí, es inquietante y perturbador. No solo presenta algunos elementos descriptivos de Ciudad Blanca, sino que además, da cuenta de un extraño culto que tiene al mono como principal atractivo, vivencias, que le fueran confiadas por los indios payas, con las cuales Morde tuvo contacto durante su expedición. Otro dato que ofrece el manuscrito es la alusión hacia Hanuman, el dios mono hindú, personaje clave del Ramayana, en cual se apoya Morde, para vincularlo con el extraño hallazgo en tierras hondureñas.

Abandonamos por un momento el relato de Morde, para proseguir con la saga de Ciudad Blanca, que luego de su muerte, continúo siendo noticia.

En 1940, un año después de la declaración de Morde, un ingeniero de New Orleáns, D.H. Williams, afirmó haber visitado en dos oportunidades la ciudadela perdida. Williams contó que la primera vez que contempló las ruinas, fue durante la búsqueda de petróleo en la zona, luego de aterrizar de emergencia en el lugar, debido a un desperfecto de su avioneta. Alegó además que en su segunda visita efectúo una filmación de las edificaciones observadas, aunque jamás hizo público el film, tan solo lo dio conocer a sus íntimos, por temor igual que Morde a la “depredación”.

Para los años 90’, Honduras recibió una petición del gobierno de los Estados Unidos “solicitando permiso para cartografiar áreas de la región oriental del país”. De inmediato se alzaron voces de protesta y desconfianza local, ya que se sostenía que los norteamericanos estaban tratando de localizar Ciudad Blanca. Una noticia que saltó a las planas mundiales en 1997, dada a publicidad por el Sunday Times, puso en guardia a los hondureños y revivió los temores manifestados cuatro años antes, ya que la noticia publicada decía que Ciudad Blanca fue encontrada gracias a los datos aportados por el relevamiento de 1993. Sin embargo aunque la noticia luego sería desestimada, nadie dudaba que la potencia del norte tenía un interés extra, en hacerse con el esquivo hallazgo de Morde.[4]

Sin fotografías, filmaciones y demás evidencias es muy difícil hacerse una idea sobre el real significado de Ciudad Blanca. Los hallazgos de la zona lindera revelan actividad maya, aunque de factura muy diferente a la encontrada en otros emplazamientos. Algunos investigadores creen que Ciudad Maya podría corresponder a un asentamiento tolteca, que algunos señalan como la enigmática Tlapallan, aún no encontrada en la actualidad, y que estaría vinculado con en el no menos misterioso Quetzalcoatl[5], que luego de su retirada se habría refugiado en esta ciudad.

Prosiguiendo con la pista maya, y de insospechadas derivaciones tenemos el hallazgo realizado por Federico Lunardi, un sacerdote italiano, que además de la evangelización, se dedicó a la arqueología. Según relata el investigador brasileño Pablo Villarrubia, “en sus viajes por la selva y el valle de Comayagua, Lunardi se encontró con el cerro de Tenampúa, el emplazamiento de una antigua ciudadela destruida por tropas españolas en 1538. Allí el sacerdote italiano encontró una cancha de juego de pelota maya, además de varios templos y palacios. Lunardi excavó en la zona para corroborar la leyenda que hablaba de la existencia de un largo túnel excavado por los mayas que conectaría el cerro con otra ciudad. Sin embargo, el enviado del Vaticano, en su libro Honduras Maya, publicado en Tegucigalpa en 1948, denunció el saqueo que sufrió Tenampúa por el arqueólogo estadounidense Samuel Lothrop y sus compañeros entre 1919 y 1935. Se desconoce todavía hoy qué clase de objetos fueron robados y a qué extraña civilización pertenecían. En el emplazamiento Federico Lunardi encontró diversos restos de santuarios con una orientación astronómica relacionada con el culto de estos pueblos arcaicos”. // “ … En los yacimientos que rodean el lago Yojoa, Lunardi había encontrado seis grandes esculturas labradas en piedra volcánica, expuestas actualmente en el Museo de Antropología e Historia de la ciudad. Entre las piezas que el italiano descubrió se encuentra una representación una enorme cabeza de serpiente atribuida a una representación del dios Quetzalcoatl. Los ancianos del lugar cuentan sugerentes leyendas sobre túneles subterráneos como el que supuestamente yacía debajo del cerro de Tenampúa y que interconectarían distintas ciudades ancestrales mayas (supuestamente se excavó uno muy extenso entre el departamento de Santa Bárbara y Guatemala)”.

Debemos agregar que esta pista está relacionada con la observación que siglos antes hiciera el Obispo Pedraza, y que comentáramos en el inicio de nuestro artículo.

A la presencia maya debemos agregar el factor hindú, que se evidencia en el manuscrito de Theodore Morde. La conexión entre estas dos culturas, distantes entre si aportan uno de los datos más intrigantes en cuanto a Ciudad Blanca.

Buceando en la historia hindú, a los efectos de hallar un rastro más conciso, que el representado por Hanuman como explicación para los misterios escondidos en la ciudad descripta por Morde, encontramos una información que puede representar un puente comunicador histórico, que conecte a mayas e hindúes, y por ende explique la presencia de Ciudad Blanca.

En el esoterismo hindú hay una figura denominada Pesh-Hun, conocido también como Narada, y que en idioma sánscrito significa, el Mensajero de los Dioses. Según se cuenta, Pesh Hun, “es el inteligente y misterioso poder director que da impulso y regula los ímpetus de los cielos, Kalpas y acontecimientos universales. Es el ajustador visible del Karma en una escala general; el inspirador y guía de los más grandes héroes de este manvantara. Se le atribuye el haber calculado y registrado todos los ciclos astronómicos y cósmicos venideros y de haber enseñado la ciencia astronómica a los primeros observadores de la bóveda estrellada”. Hay quiénes dicen que dejó registrado sus observaciones celestes en un libro secreto, Espejo del Futuro, que actualmente se encuentra desaparecido. Para finalizar Pesh Hun es representado con rostro de mono (kapi –vaktra).

A este dato esotérico, debemos agregar un informe que por siglos desconcertó a los estudiosos, y que fue aportado por el historiador hindú Valmiki[6] (siglo IV A.C.), el cual indica sobre la existencia de una cultura conocida como los “naga maya”[7], que se dicen arribaron desde el este. Este pueblo no solo estaba avanzado en astronomía, religión, además de otras ciencias, sino que también destacaban como grandes navegantes. Valmiki creía que los nagas mayas no solo estuvieron en la India, donde fundaron una capital, Nagpur, sino que incluso en sus viajes llegaron hasta el Tíbet.

¿Los naga mayas importaron el culto registrado por Theodore Morde y fundaron Ciudad Blanca?


De encontrarse este enclave perdido, un nuevo capítulo debería escribirse al tratarse la antigüedad de este continente.



[1] La lengua pech es originada por la familia de "Chibcha macro", que fue hablada en el pasado en lo que se conoce hoy como la República Pre-colombina. Antes de que las Américas fueran conquistadas, había grupos originarios que emigraron de la parte norteña de Suramérica, trayendo con ellos su lengua y su cultura hasta llegar a lo qué se conoce hoy como Honduras. El chibcha alcanzó igualmente a otros países vecinos tales como Costa Rica. Algunos autores dicen que idioma el pech está relacionado con otra familia lingüística, tal como el Arawako. La palabra pech significa a "gente". Al idioma se le considera como "la lengua de la gente", mientras tanto "pechakwa" significa "algún otro" u "otra persona". La gente refiere a veces al pech como "payas" pero paya o pahaya se considera como palabras discriminatorias, porque ésa fue la denominación usada por los conquistadores españoles. El pech ha poseído por muchos siglos un territorio enorme que va del río de Patuca hasta el cabo de Gracias a Dios. También estaban en las Islas de la Bahía, por lo menos hasta el siglo XVII; por ejemplo Guanaja, isla que pertenece a la bahía, deriva de la palabra "wanak", palabra pech que significa "esa nube" Los pech fueron perseguidos para ser vendidos como esclavos en Indias del oeste durante el XVI y XVII siglo. Esta persecución fue hecha por la gente Miskita, forzada a su vez por los ingleses. Se considera que la cultura pech data de unos 3.000 años de antigüedad y es aún conservada en cuanto a su lengua y su cosmovisión. Véase:http://www.se.gob.hn/eib/afro/ind/pech.htm 

[2] Pocos son los datos acerca de Theodore Morde. Circulan versiones que lo vinculan con la CIA. Se lo acusa también de haber desviado piezas de la cultura Chorotecas a la Fundación Hayes, actualmente reclamadas por el gobierno de Honduras. Otro informe señale que Morde filmó las ruinas, aunque dijo extravió aquellas evidencias, en el momento de regresar de la selva. Su muerte concita rumores de asesinato, aunque no se hizo ningún intento por iniciar una investigación. Se dijo también que la Institución británica que lo iba a financiar, inició luego de su fallecimiento una serie de expediciones para tratar de encontrar la ciudad, aunque si resultados. Por lo visto Morde se llevó el secreto a la tumba.
[3]El manuscrito legado por Morde se reimprimió en 1950, por iniciativa de Julio Rodríguez Ayestas, que en ese entonces presidía como director del Archivo Nacional de Honduras.. [4] Véase:http://www.treemail.nl/privateers/archeo-e.htm#CB1
[5] Sobre Quetzalcoat, mejor conocido como la Serpiente Emplumada, hay diferentes versiones. Algunos piensan que se trataba de una deidad divina, otros creen que su nombre pertenecía a un alto sacerdote tolteca.
[6] Véase Ramayana v1
[7] A los nagas mayas se le atribuye el culto a la serpiente emplumada, que en América se conoció como Kukulkán-Quetzalcoatl (cuyo significado es ser el intermediario entre el cielo y la tierra).


Bibliografía Consultada:

Alvarenga, Kenneth. Ciudad Blanca, 2001. 

CARTAS de Relación. Quinta carta- relación de Hernán Cortés al emperador Carlos V. Tenixtitlan 3 de setiembre de 1526.
En: http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia/relacion/indice.html 

Conzemius, E. Los indios Payas de Honduras. Estudio geográfico, histórico, etnográfico y lingüístico, 1927.
Journal de la Société des Américanistes, vol nº 19, nº1. p. 245 – 302
En: http://www.persee.fr 

Delfíni Maziero, Dalton. Cidade Branca. Mistério e lenda nas selvas Hondurenhas
En: http://www.arqueologiamericana.com.br/artigos/artigo_14.htm 

González, Ricardo. Uku Pacha: el mundo subterráneo de la hermandad blanca. 2003. 

Griffin, Wendy. Legendary Ciudad de Mono Dios tells important stories
En: http://www.marrder.com/htw/oct98/cultural.htm 

LOS PECH. Su historia
En: www.angelfire.com/ca5/mas/etnias/pech/p.html 

Villarrubia, Mauso. La dama que vino del cielo, 2003.
En:http://62.81.205.108/Paginasasp/Contenidosecciones.asp?ID=2290&Nombre=GEOGRAF%C3%8DA%20M%C3%81GICA 



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